30 dic. 2010

LA GUERRA DE LA OREJA DE JENKINS: ESPAÑA HUMILLA AL IMPERIO BRITÁNICO - THE SPANISH ARMY DESTROY THE BRITTISH ROYAL NAVY

 *** LA OTRA ARMADA INVENCIBLE: LA GUERRA DE LA OREJA DE JENKINS.

Banderas de España y Gran Bretaña en 1739

   Los hechos son claros y las cifras no engañan a nadie, historiador o no. La Armada Real Española demostró en su inferioridad, que no estaba peor preparada que la británica durante el conflicto iniciado en 1739. Muchos autores han escrito sobre las carencias de la Armada española en este periodo, que cubren desde la falta endémica de personal y materiales apropiados, hasta la eterna escasez de dinero necesario para suplir todas las necesidades. Con la llegada de la guerra se puso la maquinaria en marcha, se armaron los buques de guerra y se enfrentaron _con un sobresaliente_ a la dura realidad, que no era otra que enfrentarse a la mayor potencia naval de entonces. Es cierto que había muchos defectos y la situación del Ejército, la Armada, la Hacienda y otros departamentos era mala, pero no desastrosa, como se vende muy a menudo.
   Para demostrar lo dicho, sólo hay que comparar las dos armadas en conflicto, cuáles eran los objetivos de cada una y los resultados obtenidos al final de la guerra. Como en casi todas las guerra _y esta no iba a ser menos_estaba en juego la economía de cada contendiente. España, que había salido perjudicada de la Guerra de Sucesión, trataba de mantener su monopolio comercial con América. Gran Bretaña, que había conseguido tras esa guerra el llamado Navío de Permiso y el Asiento de Negros, trata por todos los medios, legales e ilegales, hacerse con un trozo de la tarta. Sabiendo que España no iba a prorrogar la concesión por 30 años del Navío de Permiso, los británicos, sobre todo la clase dirigente y mercantil, veían con buenos ojos _y hasta alentaban_ una guerra para desposeer a España por la fuerza de lo que no habían conseguido a través de la diplomacia (1).
   El Navío de Permiso era un buque mercante británico de 500 toneladas encargado de hacer negocio cada vez que se realizaba la feria de comercio con las Flotas de Nueva España en Méjico y los Galeones de Tierra Firme. Estos navíos tenían permiso para vender sus mercancías cada año. Los beneficios fueron tan grandes que vieron un gran negocio en aumentar las ganancias de forma ilegal. Cuando a los navíos británicos se les acababa las mercancías eran repuestas por la noche desde pequeñas embarcaciones, aumentando así el negocio y los beneficios. Estos buques fueron conocidos como “barco de las Donaires”, pues al contrario del mito, no se vaciaban nunca. Las naves negreras aprovechaban las visitas a puerto para introducir mercancías. Cualquier nave con pretexto de averías o riesgo de naufragio entraba en puerto español y clandestinamente comerciaban productos a precios más baratos. El negocio era tan lucrativo, que muchos jamaicanos hicieron del negocio ilegal su forma de vida. Como resultado, el comercio español se redujo a la mitad. Los españoles tenían derecho de visita sobre los buques mercantes británicos, pudiendo confiscar aquellas mercancías que estuvieran fuera de registro y por tanto fueran ilegales. En enero de 1739 estuvo a punto de firmarse El Convenio de El Pardo, un acuerdo donde se resolvía la cuestión de las presas hechas por los guardacostas españoles, las cuentas que no cuadraban de la Compañía del Mar del Sur británica, los litigios fronterizos en Florida y otros problemas. España estaba dispuesta a ceder en varios aspectos del litigio, uno de ellos fue el pagar indemnizaciones por la captura de buques contrabandistas. Cuando el ministro Walpole presentó el convenio al parlamento para ratificarlo, la Cámara de los Comunes lo rechazó. Sin duda, los intereses y la avaricia de muchos, llevó a la guerra a las dos naciones. Walpole, que no deseaba la guerra, tuvo que ceder ante las presiones y hacer suya la frase ¡el mar de las Indias, libre para Inglaterra o la guerra!
   Por qué Walpole y otros partidarios de la paz cedieron ante los belicistas es fácil de comprender ante el estado de tensión al que se había llegado. El punto álgido se alcanzó en esa reunión de la Cámara de los Comunes un 8 de marzo de 1739, día elegido por Walpole para presentar el Convenio de El Pardo y pedir su ratificación.
   En los momentos de mayor acaloramiento, uno de los partidarios de la guerra dijo que presentaría pruebas de la barbarie española y apareció en la sala un capitán escocés llamado Jenkins con una caja en las manos. En ella estaba su oreja cortada. Jenkins relató lo que le había sucedido y la indignación y gritos contra España y a favor de la guerra eran ya imparables. ¿Quien era Jenkins, y que le había ocurrido?. El capitán escocés Robert Jenkins mandaba una fragata mercante británica llamada Rebecca. Llevaba productos para comerciar con los permisos en regla. Navegando por la Florida fue detenido por el guardacostas español La Isabela, al mando del capitán Julio León Fandiño, quien tenía la obligación de comprobar si las mercancías que llevaban estaban registradas en los libros. Registrando la bodega del barco, Fandiño encontró gran cantidad de mercancía de contrabando. Como escarmiento, Fandiño cortó la oreja del contrabandista y le dijo. “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”. Si esta frase se dijo o no _nadie lo sabe_, es lo de menos, lo cierto es que en la Cámara de los Comunes se tomó como una afrenta a su rey y era merecedora de una declaración de guerra, aunque ya sabemos que este hecho se tomó como una excusa.
   Siendo el objetivo de esta guerra el control del comercio en América, la contienda sería principalmente en el mar. España sólo contaba con 31 navíos, más otras 9 fragatas de dos puentes y armadas con unos 50 cañones, mientras el número de fragatas era muy pequeño. Gran parte de los navíos españoles no eran verdaderos navíos de línea capaces de enfrentarse a una escuadra, sino que eran buques aptos para la escolta con cañones de pequeño calibre. Esta situación se había tratado de subsanar en las décadas anteriores, pero lo cierto es que sólo se contaba con un navío de tres puentes y 114 cañones, dos de 80, seis de 70 y doce de 64 cañones. Por el contrario, la Armada Británica disponía de más de cien navíos de línea, quince de ellos armados con 90 a 100 cañones, dieciséis de 80, diecisiete de 70, quince de 64, once de 60, veintinueve de 48 a 54, unas cuarenta fragatas y numerosas unidades menores, siendo sus calibres superiores a los embarcados en los españoles. Con un simple vistazo a estos números se puede pensar que los españoles no tenían ninguna oportunidad en ganar la guerra. Siendo _sobre el papel_ Gran Bretaña la dueña de los mares, las plazas en América caerían como piezas de dominó.
   A este panorama tan negro, hay que añadir que España se encontró sola en esta guerra. Francia, por el Primer Pacto de Familia, firmado el 7 de noviembre de 1734, estaba obligada a prestar apoyo militar, pero durante los años anteriores a la guerra hizo de mediadora para evitar el conflicto armado. Para entrar en guerra, Francia exigió contrapartidas comerciales. Cuando Gran Bretaña declaró la guerra el 23 de octubre de 1739 no se había llegado a un acuerdo entre los dos aliados. Francia estaba indecisa, pues tampoco podía permitir que los británicos se hicieran con todo el comercio americano.
   Todos sabemos como acabó esta guerra. Excepto algunos éxitos, la poderosa Royal Navy no consiguió doblegar a los españoles en América. Algunos historiadores _británicos en su mayoría_ preferirán seguir creyendo que España era inferior en todos los aspectos, que en el siglo XVIII perdió todas las guerras, que el fracaso británico en Cartagena de Indias en 1741 no tuvo la menor importancia. Por por desgracia para ellos, no pueden negar que Vernon fue derrotado, aunque siguen sin admitir el verdadero alcance del desastre británico (2). Seguirán "creyendo" que el objetivo de los británicos era liberar América del yugo español (3). Simplemente con exponer los hechos tal y como ocurrieron, se podrá comprobar que España, su Armada y sus hombres no merecen que sean recordados como los grandes perdedores, mirando a nuestra historia con otros ojos, sin complejos de ningún tipo. Los anales de esta guerra no se reducen a Cartagena de Indias y Portobelo, hubo muchos más combates y, en la mayoría de ellos, la poderosa maquinaria militar británica fue derrotada, por eso se exponen aquí los hechos más importantes que se desarrollaron en el Caribe.

Felipe V, Rey de España

...Despliegue y operaciones navales anteriores a la guerra:

   Las turbias relaciones hispano-británicas a primeros de 1738 hacían ya presagiar una cercana guerra. Incluso en fecha tan temprana como la del mes de enero de 1738, se dieron las órdenes desde el Almirantazgo Británico para la formación de una escuadra y su partida a la estación de Jamaica, que estaría al mando del comodoro Charles Brown, con los navíos Hampton Court, de 70 cañones, Windsor Castle, de 60, y las fragatas de 40 cañones Anglesea y Torrington, y Sheerness, de 20 cañones. Según las instrucciones dadas al comodoro Brown, la fragata Anglesea debía incorporarse a la estación de las islas Leeward, donde se uniría a la fragata de 20 cañones Lowestoft. Una vez en Jamaica, el navío Dunkirk, 60, y la fragata Kinsale, 40, basados en la estación de Jamaica, saldrían de Port Royal rumbo a Inglaterra escoltando un convoy, con órdenes de regresar lo antes posible. Otros dos buques destacados en la costa de África, el navío Falmouth, 50, y la fragata Diamond, 40, debía dirigirse a Jamaica para incorporarse a la escuadra de Brown. Siguiendo con las instrucciones dadas a Brown, su principal misión era la protección del comercio británico, además de recabar toda la información posible sobre los movimientos de las escuadras y buques españoles.
   La escuadra del comodoro zarpa de Spithead el 19 de febrero de 1738, pero debido al mal tiempo y vientos contrarios tiene que refugiarse en Torbay, zarpando de nuevo el 8 de marzo. Esta escuadra llega a Barbados el 17 de abril. Según las instrucciones, la fragata Anglesea es destacada a las islas Leeward. El comodoro Brown envía a la fragata Sheerness, al mando del capitán Miles Stapelton, a patrullar la costa de Santo Domingo, mientras que al capitán Charles Knowles, al mando de la fragata Diamond, le ordena patrullar la costa norte de Puerto Rico y el canal de Bahama. Finalmente, la escuadra de Brown llega a Jamaica el 29 de abril.
   Además de esta escuadra hubo más movimientos de buques. El navío Centurion, 60, que se encontraba en la costa de África, debía escoltar un convoy a Barbados y regresar a su puesto, ordenando el Almirantazgo que, una vez llegado al Caribe, se uniera al comodoro Brown, aunque este navío quedó en puerto británico al ser elegido como buque insignia para la expedición al Pacífico. También se le unieron otros dos buques desde la costa africana, la fragata Saltash, 20, y la goleta Spence, 16. Al mismo tiempo un escuadrón de dos navíos de 50 cañones y dos fragatas de 20 son destacadas a la estación de Newfoundland. Estos esfuerzos británicos tenían como objetivo claro reforzar su presencia naval en el Caribe y preparar la guerra contra España. El general Oglethorpe se embarca en la fragata Blanford en marzo de 1738, que partirá para Nueva Georgia el 6 de julio escoltando cinco mercantes que han embarcado un regimiento de infantería

         A primeros de marzo de 1739 tuvieron los británicos noticias de la preparación en La Habana de una expedición contra Georgia. Brown envió a la fragata Torrington a La Habana para obtener información sobre dichos aprestos. El capitán Knight pudo averiguar que estaban listos 300 hombres para dicha expedición, pero había sido suspendida desde Madrid en el mes de marzo.

         En junio es enviado a patrullar el canal de Bahama la fragata Kinsale, mientras los españoles envían a estas mismas aguas al paquebote Triunfo. El 17 de agosto de 1739 se une a Brown en Port Royal la fragata Shoreham, al mando del capitán Edward Boscawen, el cual trae pliegos de su corte para el gobernador de Jamaica y nuevas instrucciones para el comodoro Brown. El 25 de agosto zarpa el comodoro Brown con su escuadra rumbo a las costas cubanas. El capitán Boscawen se mostró el más activo comandante al destruir cerca de La Habana a dos balandras y capturar otra. Poco después, a finales de septiembre, ataca Puerto María y destruye casas y propiedades.

         Mientras tanto, la actividad en el Almirantazgo y en los arsenales británicos era frenética.  En marzo de 1739 se ordena armar 12 navíos. En abril se bota al agua en Woolwich el navío Duke y en Deptford el navío Boyne, ambos de 80 cañones. En el mes de junio de 1739 ordena el Almirantazgo reclutar marineros a la fuerza en todos los puertos, debiendo alcanzar la cifra de 18.000 a finales de año. Se ordena armar otros 30 navíos para formar las diferentes escuadras. Al mes siguiente se envían órdenes a todos los puertos de Gran Bretaña e Irlanda para embargar los buques mercantes que se encontrasen en ellos. El esfuerzo británico fue tan grande, que para el mes de agosto se encontraban armados o en proceso de alistamiento 113 buques de guerra, uno de 90 cañones, cinco de 80, doce de 70, veinte de 60, diecinueve de 50, nueve de 40, dieciocho de 20, siendo el resto brulotes, bombardas y unidades menores. Pero aquí no se acababan las posibilidades, existían otros 50 buques que podían ser armados en breve tiempo, dos de 100 cañones, dos de 90, seis de 80, cuatro de 70 diez de 60, diez de 50, tres de 40, cinco de 22 y el resto pequeñas embarcaciones.

El problema, era la falta de tripulaciones, recurriendo casi siempre a la leva por la fuerza, aunque en el mes de septiembre faltaban todavía 9.000 marineros para todos los buques alistados. Esta fue una de las mayores preocupaciones del Almirantazgo, pues las previsiones para el año siguiente eran de otros 35.000 marineros, teniendo que adoptar medidas urgentes, como tomar a la fuerza uno de cada cinco marineros de los buques mercantes, y algunas desesperadas.  Provocaron no pocos desórdenes como el ocurrido en la fragata Dolphin cuando se dirigía a Gibraltar al amotinarse los reclutas que llevaba a bordo destinados a esa plaza, siendo reducidos, procesados y ahorcado el cabecilla. También provocaron las protestas de los comerciantes al verse imposibilitados sus buques a zarpar por falta de marineros aun teniendo los despachos de Aduana en regla, por lo tanto eran mercantes que estaban listos para zarpar de inmediato y muy pronto los daños al comercio fueron evidentes. Pero no sólo en los puertos de Gran Bretaña y sus colonias se tomaba por la fuerza a los marineros, también en puertos de naciones aliadas o neutrales. Así ocurrió en febrero de 1741, cuando la fragata de 24 cañones Deal Castle estaba en Lisboa lista para zarpar con un convoy a Spithead. Su capitán tomó por la fuerza y subió a bordo de su fragata a doce marineros de diversas naciones. El rey portugués mandó prevenirle que los pusiera en libertad. Al negarse, el rey portugués ordenó a los comandantes de los fuertes del río Tajo echarlo a pique si intentaba salir del puerto. No sólo puso en libertad a los marineros, sino que pidió al rey perdonase su osadía.

         La Real Armada española, que contaba con 41 navíos de 50 a 114 cañones, tenía la mayoría de sus buques desarmados a comienzos de 1738. Con base en Veracruz se encontraba la Armada de Barlovento, que por aquel entonces contaba con el navío de 60 cañones San Juan Bautista, el de 50 cañones Santa Catalina, alias Bizarro, dos fragatas, la San Cayetano y la llamada Triunfo, de 24 y 30 cañones respectivamente, todos al mando de su comandante don José Antonio de Herrera. Esta Armada, cuya principal misión era luchar contra los piratas y contrabandistas, había dejado de existir como tal, dedicándose a otras tareas como repartir el situado.  Ante las alertas de la cercana guerra, los dos navíos de esta Armada son enviados a La Habana al mando del capitán de navío don José de Herrera y Godarte, mientras las fragatas San Cayetano, Triunfo y la fragata Santa Bárbara, alias La Chata, se unen a las fuerzas de don Blas de Lezo en Cartagena de Indias. Por tanto, en Veracruz solo quedó una balandra para luchar contra el contrabando (5).

         Don Blas de Lezo se encontraba en Cartagena de Indias desde su llegada con los galeones en marzo de 1737. Al año siguiente, sólo contaba con el navío de 64 cañones Conquistador, empleado como guardacostas en la costa de Tierra Firme, puesto que el navío Fuerte había regresado a Cádiz en octubre de 1737 con caudales. Dos balandras, llamadas San Pedro y Santa Rosa, fueron armadas y empleadas contra los corsarios y contrabandistas, más apropiadas para introducirse en surgideros y bocas de ríos. Los contrabandistas, ante la imposibilidad de combatir contra navíos y fragatas, emplearon embarcaciones de menor tamaño (6).

         Además de los navíos de la Armada de Barlovento enviados a La Habana, este apostadero contaba con los navíos de 64 cañones Europa y Santiago, la fragata Astrea, de 30 cañones, y la fragata Concepción, armada con 22 cañones y entregada ese mismo año en La Habana. El primero de los navíos llegó en 1738 con la escuadra del mando del jefe de escuadra don Benito Antonio Espínola. Otro navío de 64 cañones, el Dragón, botado en el astillero de La Habana en 1737, se incorporó en septiembre de 1738 a los buques de Lezo en Cartagena de Indias. Estaba al mando del capitán de fragata don Francisco José de Ovando y Solís.

         Por los combates con los portugueses por el control del Río de la Plata acudió a aquellas aguas unos años antes una pequeña escuadra al mando de don Nicolás Geraldino. A primeros de 1739 quedaban las fragatas de dos puentes San Esteban Apedreado, de 50 cañones, y Hermiona, de 36 a 50 cañones (según las fuentes). Las dos naves fueron alistadas para su regreso a Cádiz a primeros de 1739, llevando caudales y géneros de todo tipo, los cuales zarparían de Buenos Aires el 6 de diciembre de 1739.

         En 1737 se preparó en Cádiz la flota de azogues con destino a Veracruz. Como era costumbre fueron dos los navíos encargados del transporte del azogue y otras mercancías puestos al mando del capitán de fragata don Daniel Huoni. Conocida era la costumbre británica de atacar, capturar o destruir cualquier buque aunque no existiera estado de guerra. Más aún con las tensas relaciones entre las dos naciones, se decide que los navíos León, capitana de azogues, y Nuestra Señora del Pilar, alias Lanfranco, almiranta, vayan esta vez escoltados por una escuadra. Por tanto, el 19 de diciembre de 1737 zarpan de Cádiz escoltados por el navío de 64 Guipúzcoa y los de 60 cañones San Lorenzo, alias Incendio, y África, que estaban a las órdenes del jefe de escuadra don José Alfonso Pizarro. Los cinco buques entran en Veracruz sin novedad el 15 de marzo de 1738. El acoso de las escuadras británicas y los temporales harían muy complicado el regreso de esta escuadra a la Península.

         En el mes de junio de 1739 llegaron noticias al Almirantazgo británico desde Gibraltar, las cuales informaban la próxima llegada a Cádiz de dos buques desde Buenos Aires (eran las fragatas San Esteban y Hermiona) y otros dos desde Veracruz (de la flota de azogues) cargados de productos y caudales. No podían dejar pasar la oportunidad de capturarlos y hacerse con su rico cargamento, dándose las órdenes oportunas para ello. Es interesante recordar los esfuerzos del Almirantazgo británico por mantener las costas españolas vigiladas con importantes escuadras. A primeros de marzo de 1738 se encontraban en el Mediterráneo, con base en Gibraltar y Mahón el navío de 50 cañones Gloucester, seis fragatas y una goleta (7), escuadra al mando del capitán George Clinton desde abril de 1737. En abril de 1739 se hacen los preparativos para reforzar esta escuadra enviando al contralmirante Nicholas Haddock con nueve navíos y dos buques menores (8). Haddock llegó a Gibraltar en el mes de junio de 1739 y, según sus instrucciones, en Gibraltar dejaría cinco o seis de sus navíos y enviaría el resto de la escuadra a la isla de Menorca.

         Sir Chaloner Ogle, que zarpó con cinco navíos el 1º de agosto para incorporarse a la escuadra de Haddock, llegó a Gibraltar. Tomó a su cargo los navíos Augusta, Pembroke y Jersey y zarpó de Gibraltar. Al llegar al cabo de San Vicente abrió las órdenes, por las cuales debía patrullar esas aguas hasta la isla de Madeira en espera de los buques españoles, los cuales no eran otros que los navíos de azogues al mando del jefe de escuadra don José Alfonso Pizarro. El Lord Canciller Hardwicke tenía sospechas de que los buques españoles podían no entrar en Cádiz y dirigirse a La Coruña. La escuadra del vicealmirante Edward Vernon, alistada para ser enviada al Caribe, compuesta por los navíos Burford y Worcester, de 70 cañones, Princess Louisa y Strafford, de 60, y Norwich, de 50, zarpa de Spithead rumbo a Jamaica el 1º de agosto de 1739, aunque los vientos contrarios le obligaron a echar el ancla en St. Helen. Zarpa de nuevo el 4 de agosto, pero vuelve a fondear por la misma causa en Pórtland tres días más tarde. Se hace a la vela y regresa a Spithead para esperar a la fragata Port Mahon, que llevaba cartas para Vernon. Lord Hardwicke decide enviar esta escuadra al cabo Finisterre para capturar los buques españoles, si éstos deciden entrar en La Coruña y después cruzar por algún tiempo en las islas Azores. Según las instrucciones dadas a Vernon  en julio de 1739 no cabe duda de las verdaderas intenciones británicas: “cometer toda suerte de actos de hostilidad contra los españoles, y procurar apresar, hundir, quemar o destruir de otro modo todos los navíos o barcos, tanto de guerra como de comercio, y otros barcos que vos encontréis”.

         Los buques de Chaloner Ogle soportaron varias borrascas durante su patrulla en aguas de San Vicente, rompiendo los mástiles y causando otras averías, por lo que a mediados de agosto de 1739 tuvo que regresar a Gibraltar. Regresó a finales de agosto a las aguas del cabo de San Vicente, encontrando que allí se encontraban otros buques de la escuadra de Haddock, los navíos Ipswich, Edimburgh y Dragon. La posibilidad cierta de que los navíos españoles alistados en El Ferrol zarparan de su base para dar protección a los navíos de Pizarro, obligó al Almirantazgo a enviar otros tres navíos de 70 cañones, Lenox, Elizabeth y Kent, y la fragata de 40 cañones Pearl, que se incorporaron a los buques de Vernon. Estos buques llegan al cabo Ortegal a primeros de agosto de 1739 al mando del capitán Coville Mayne, que izaba su insignia en el Lenox. Mientras los tres navíos permanecen en la costa gallega, la fragata Pearl es enviada a patrullar entre Lisboa y Oporto, y el resto de los cinco navíos de Vernon llegan a la isla de Madeira a finales de agosto en espera de la llegada de los buques de azogues. Cuatro días después de su llegada a Madeira, recibe la noticia de que los buques españoles al mando de Pizarro habían entrado en Santander. También recibe Mayne órdenes para regresar a puerto británico, llegando a Spithead el 20 de septiembre. Después de reponer agua y víveres, esta escuadra volvió a zarpar para patrullar en aguas gallegas.

         Desde mediados de agosto tuvieron sospechas los británicos de haber llegado ya a puerto español los buques al mando de Pizarro. Dos buques de la Compañía de Turquía llegaron el día 14 de Smirna, habiéndose cruzado a 250 leguas al oeste de Inglaterra con cuatro buques que creyeron ser españoles, y ya se tenían sospechas que entrarían en algún puerto gallego.

         Los buques de Pizarro habían entrado en Santander el 13 de agosto. Tras su llegada a Veracruz en marzo de 1738, los navíos de azogues descargaron el mercurio y los géneros que transportaban, quedando en puerto, mientras los tres navíos de la escolta al mando del jefe de escuadra Pizarro realizaron varios viajes a La Habana y a Portobelo para proteger el tráfico mercante español en el Caribe. En diciembre de 1738 entran en Veracruz. Comenzó el alistamiento de los buques y embarque de los caudales para su regreso a la Península. El 2 de febrero de 1739 zarpan de Veracruz los cinco buques de guerra, siendo sorprendidos a las diez de la mañana por un temporal con viento norte. Pizarro decide regresar al puerto de partida, pero en la madrugada naufragan en la boca del puerto los navíos Lanfranco e Incendio, a pesar del apoyo prestado por la fragata Esperanza. Sólo el navío África entró en Veracruz, mientras los otros dos, el Guipúzcoa y el León, se dieron por perdidos, hasta que entraron en La Habana un mes más tarde (9).

         Después de este desastre, al comandante del navío África se le ordena incorporarse a la escuadra de don Blas de Lezo en Cartagena de Indias. El jefe de escuadra Pizarro tenía sus buques listos para zarpar de La Habana a mediados de abril. A su escuadra se incorporó el navío de 60 cañones Castilla, recién botado en el astillero habanero y puesto al mando del capitán don Isidro de Anteyo. También se incorporó la fragata de dos baterías y 50 cañones Esperanza. Con estas nuevas fuerzas, zarpan de La Habana el 22 de junio los navíos Guipúzcoa, Castilla, León y Esperanza. En la corte española se seguía con preocupación la suerte que corrían los azogues, dados los preparativos navales británicos para capturarlos. Don José de la Quintana, que había sustituido al marqués de Torrenueva en el ministerio de Marina e Indias, toma varias medidas. La primera fue enviar dos avisos para advertir a Pizarro del peligro. Otra fue ordenar el alistamiento del mayor número de buques de guerra en El Ferrol y en Cádiz, pero el Almirantazgo español era de opinión contraria a Quintana. La escuadra de Rodrigo de Torres en Ferrol estaba en inferioridad numérica y su salida no sólo causaría su derrota, sino que los azogues serían entonces presa más fácil. Prevaleció la consideración del Almirantazgo, que preveía zarpar si se daban las circunstancias de asestar un duro golpe al enemigo o para cubrir la llegada de Pizarro si fuese necesario (10). Los buques de aviso enviados por Quintana recalan en las islas Terceras, pero encuentran a los buques de Pizarro cerca de las islas Canarias. Advertido del peligro, consigue burlar la vigilancia bajando a Santander desde las costas del sur de Irlanda, una ruta totalmente desusada que a los británicos les dejó a dos velas. La entrada en Santander se produjo el 13 de agosto, e inmediatamente comenzó la descarga de 5.141.133 pesos de S. M. y particulares en oro y plata y otros géneros.

         Meses más tarde, el 15 de abril de 1740, entraron también en Santander las dos fragatas de dos puentes San Esteban y Hermione, cargadas con caudales y frutos, sorteando a las escuadras británicas. Incluso entraron en puerto con un bergantín cargado de vino y manteca, capturado cuando se dirigía de Inglaterra a Carolina.

         Los buques del almirante Haddock compensaron en parte su fracaso con la captura de pequeñas naves mercantes y dos buques de la Compañía Guipuzcoana de Caracas. Dos buques de esta Compañía comercial habían zarpado de La Guaira a finales de julio de 1739, el navío San José y la fragata Santiago, alias Santiaguillo, y su destino era el puerto de Pasajes. Aunque eran buques mercantes, estaban armados con 52 y 16 cañones, de pequeño calibre, siendo la costumbre que algunos de ellos iban desmontados para dejar más sitio a todo tipo de géneros que llevaban. El 23 de septiembre de ese año es capturado el primero cerca de Gibraltar, llevando en ese momento 213 tripulantes, siendo llevado a Spithead por el navío Chester a primeros de noviembre. Pocos días después, el día 3 de octubre, es capturada la fragata (11) y llevada a Gibraltar. El valor de las dos capturas ascendía a varios miles de libras, unos dos millones de pesos, cifra considerable, que, para desgracia de los británicos, estaban asegurados en Londres, perdiendo el importe la compañía aseguradora al ser capturados los dos buques en tiempos de paz.

         ¿Eran realmente viables los planes del ministro Quintana?. En la primavera de 1739 se encontraban en el departamento de El Ferrol cuatro navíos alistados, formando escuadra al mando del teniente general don Rodrigo de Torres, el San Felipe, de 80 cañones, y los de 70 cañones Santa Ana, Reina y Príncipe (12). Desarmados, se encontraban los navíos San Carlos, Princesa y Galicia. En Cádiz es donde se concentraban mayor número de unidades. Tres navíos, Hércules, Constante y América, habían sido armados el año anterior, enviados a Cartagena y puestos al mando del teniente general Bena Masserano. Otros siete navíos comenzaron su alistamiento, aunque dificultades de todo tipo impedirían su puesta a punto antes de la llegada de los azogues de Pizarro.
Primeros objetivos británicos

         Habiendo fallado en este primer objetivo de capturar a los buques españoles que regresaban de América, la escuadra de Edward Vernon retomó sus planes iniciales y puso rumbo al Caribe, llegando a Port Royal, Jamaica, el 26 de octubre de 1739. Unida su escuadra a los buques del comodoro Brown, formó una más potente de nueve navíos, seis fragatas y otros buques menores (13), sin contar las unidades con base en otras estaciones navales.

         Aunque la guerra no había comenzado oficialmente, el Almirantazgo británico discutía los planes a seguir. En una guerra por el control del comercio americano, el escenario sería principalmente el Caribe. Para destruir o hacerse con el control de América, Gran Bretaña debía hacerse con el istmo de Panamá dividiendo en dos la América española. Para ello se organizaron dos líneas de ataque, una en el Caribe, con la escuadra de Vernon, y otra en el Pacífico, donde se enviaría una escuadra al mando de George Anson. Sobre el papel, y con la superioridad militar y naval británica, parece un objetivo viable, pero los miembros del Almirantazgo se plantearon cual sería el primer objetivo. Sin duda, el más importante era La Habana. Los almirantes John Norris y Charles Wager, después de varios estudios, llegaron a la conclusión de que era imposible atacar la plaza por mar. Según sus informaciones, disponía La Habana de 152 cañones en sus fortificaciones, defendidas por 1.300 soldados, 5.000 hombres de las milicias, otros 500 hombres de caballería y armas suficientes para 10.000 hombres. Se estimó que eran necesarios de 8.000 a 10.000 soldados para realizar un desembarco con posibilidades de éxito.

         Descartada La Habana, Norris y Wager pusieron sus miras en Cartagena de Indias y Portobelo, llaves del comercio indiano y bases de las Flotas de Tierra Firme. No olvidaban que el francés Pointís se apoderó de Cartagena de Indias en 1697 con sólo 3.000 hombres. Los dos almirantes propusieron enviar el mismo número de soldados, pero el Consejo no estaban de acuerdo, prefiriendo atacar La Habana. El caso es que el tiempo pasaba y no llegaban a un acuerdo. La decisión del Duque de Newcastle, ministro británico de exteriores, llegó el 5 de diciembre, según la cual, una expedición sería enviada a Jamaica y un consejo de oficiales tomaría allí la decisión oportuna sobre los objetivo a seguir. Mientras éstas y otras deliberaciones continuaban, en aguas caribeñas los buques británicos comenzaron a dar los primeros picotazos.

         En el mes de agosto de 1739, antes de la llegada de Vernon, el comodoro Brown zarpó con su escuadra para recabar toda la información posible sobre las fuerzas y movimientos españoles, cruzando entre los cabos de Corrientes y San Antonio para más tarde dirigir su patrulla entre cabo Santa María y La Habana, mientras destacó a dos buques al canal de Bahama y a una goleta al norte de Jamaica. También dispuso que se uniera a su escuadra lo antes posible el navío Windsor, que se encontraba patrullando en aguas de La Española. Consiguió averiguar que los buques de guerra españoles estaban dispersos; tres se encontraban en Cartagena de Indias, dos en Portobelo y otros dos en Santo Domingo. La escuadra de Pizarro había partido hacia Europa, por lo tanto, los galeones españoles concentraron toda su atención. Debían encontrarse en Portobelo o Cartagena de Indias y Brown sabía que debían tomar rumbo a La Habana para después regresar a Cádiz. Por esta razón concentró su escuadra en aguas cubanas como ya se ha relatado anteriormente. A finales de octubre, al tener noticias de la llegada de Edward Vernon dejó en aguas cercanas a La Habana a los navíos Windsor y Falmouth y partió a Port Royal. Cuando llegó a primeros de noviembre, Vernon se encontraba esperándole impacientemente.

         Al igual que el comodoro Brown, Vernon tampoco perdió la oportunidad, durante su travesía al Caribe, de descubrir todo lo relacionado con las defensas españolas. Además de las ya conocidas instrucciones dadas a Vernon, recibió otras del Almirantazgo. Al llegar a Jamaica debía recabar información sobre la situación de los galeones españoles, defender el comercio británico y enviar buques a Carolina del Sur o Georgia si se tenían sospechar de ser atacadas. Al poco de llegar ordena zarpar de Port Royal al navío Worcester para realizar un crucero sobre Cabo Tiburón, y a la fragata Blandford en la costa norte de Santo Domingo. Ambos cruceros tenían la comisión de proteger el tráfico y la espera de un convoy británico que debía llegar de la metrópoli con pertrechos para la escuadra de Jamaica.

         Los británicos conseguían en sus patrullas y visitas a puertos españoles, aprovechando el estado de paz, mucha y valiosa información. Los españoles también tenían la necesidad de conocer las fuerzas e intenciones de los británicos. Hubo muchos intentos de introducir espías, el más conocido es el caso de Moncada. Por orden del capitán general de Cuba don Juan Francisco Güemes y Horcaditas, el gobernador de Santiago de Cuba don Francisco Cagigal de la Vega, se puso manos a la obra, pues disponía del hombre adecuado, don Miguel Moncada Sandoval. Al mando de una balandra cargada de azúcar debía aparentemente ir a Santo Domingo, pero con pretextos falsos entró en Port Royal, Jamaica, el 15 de agosto de 1738. Debía averiguar el número de navíos que había en puerto, su porte, estado, mientras su embarcación era reparada. Regresó a Cuba en septiembre con valiosa información, no sólo de Jamaica, sino de los movimientos de escuadras en Europa. Regresó en otras dos ocasiones a Jamaica, una en diciembre de 1738 y la última en agosto de 1739. Estando en esta última misión, llega a la isla la noticia del rompimiento de guerra y Moncada es detenido, además los británicos comenzaron a sospechar sobre sus actividades, pero es liberado después de cuatro meses y medio con otros treinta prisioneros.
La Guaira. 1739

         Habiendo fracasado Vernon en la captura de los buques de azogue de Pizarro, la escuadra de Vernon puso rumbo al Caribe. Llegó a Antigua (islas Leeward) a primeros de octubre, donde encontró a las fragatas Anglesea, Lowestoft y Saltash, ordenando al comandante de la primera, el capitán Reddish, que pusiera rumbo a Jamaica. Después se dirigió a St. Kitts. Desde allí destacó al capitán Thomas Waterhouse al mando de los navíos Princess Louisa, Strafford y Norwich para atacar el comercio español entre los puertos de La Guaira y Puerto Cabello. En el puerto de La Guaira pudo ver Waterhose que se encontraban varios mercantes y pequeñas naves en la bahía, en total diecisiete embarcaciones. Sin dudarlo, se preparó para atacar el puerto y destruir los barcos. Arbolando bandera española entraron los buques británicos siendo recibidos por el fuego de los cañones españoles. Después de tres horas de disparos por ambas partes, Waterhouse decide retirarse sin conseguir capturar las embarcaciones españolas y con graves daños en sus buques, poniendo rumbo a Jamaica. Para justificar su fracaso, el capitán británico manifestó que carecía de pilotos que conocieran esas aguas, que la pérdida de vidas no compensaba la captura de unas pequeñas embarcaciones y que sus navíos eran necesarios para futuras operaciones más importantes. Sin embargo, autores como Edward Cust dan por hecho la captura de dieciséis naves españolas (14).

         Lo cierto es que el gobernador de la provincia el brigadier don Gabriel José de Zuloaga tenía las fortalezas en buen estado de defensa, mientras el capitán Francisco Saucedo, comandante de la fortaleza, movilizó sus tropas con diligencia y consiguió rechazar a los navíos británicos (15). No podemos olvidar que el ataque se produjo el 22 de octubre, cuando la guerra no había comenzado todavía, aumentando así el mérito de los defensores.
La Habana. 1739

         Al mismo tiempo que Waterhouse atacaba La Guaira, el comodoro Brown hacía lo propio contra La Habana. Mientras recababa información, tanteó las defensas españolas. Su bloqueo obtuvo algún resultado, capturando varias balandras y goletas cargadas de añil y sal y la fragata mercante Bizarra. Además de bombardear el castillo de Cojimar, efectuaron varios desembarcos, pero el gobernador don Juan Francisco Güemes de Horcaditas envió tropas a todos los puntos donde se presumía un asalto, capturando a varios soldados británicos, los cuales dieron importante información sobre el número y composición de la escuadra británica. Para posibles operaciones futuras, los buques de Brown reconocieron los fondeaderos de Barucano, Jaruco y Bahía Honda.
Portobelo. 1739

         Incluso antes de la llegada de Brown a Jamaica desde su crucero por aguas cubanas, comenzaron las conferencias para determinar los objetivos. El gobernador de Jamaica, Edward Trelawny, era de la opinión que se debía atacar Cartagena de Indias, pero Vernon desestimó esta opción hasta no contar con un contingente de tropas más numeroso. Cuando llegó Brown a Port Royal, el almirante Vernon, que había llegado el 20 de octubre, ya había tomado la decisión de atacar Portobelo. Hizo los preparativos para la expedición, embarcó 240 soldados al mando del capitán Newton que habían sido cedidos por Trelawny y zarpó de Port Royal el 15 de noviembre con seis navíos, Hampton Court, Burford, Worcester, Princess Louisa, Strafford y Norwich, y 2.735 hombres, mientras destacó a la fragata Sheerness a Cartagena para informar de los movimientos españoles, especialmente si se enviaban refuerzos. Ordenó que les siguieran, en cuanto estuvieran listos, los navíos Windson, Diamond y la fragata Anglesea. Finalmente estos buques no participaron en la campaña al llegar a Portobelo cuando ya habían finalizado las operaciones.

         La tarde del 20 de noviembre se presentó la escuadra británica ante Portobelo. Navegando en línea de fila entraron en la bahía y comenzó el bombardeo a corta distancia del castillo de Hierro, también llamado San Felipe, que era el que se encontraba a la entrada del puerto recibiendo los buques un fuego intenso desde el fuerte, hasta que los defensores cedieron ante los disparos que les hacían desde las cofas, momento en que desde los botes desembarcaron las tropas al mando del teniente Broderick y tomaron el fuerte.

         Los vientos contrarios impidieron a Vernon adentrarse al interior de la bahía donde se encontraban otros dos fuertes, Gloria y San Jerónimo. Al día siguiente se dispuso Vernon al ataque. Poco antes, el gobernador don Francisco Javier Martínez de la Vega Retez, pidió la capitulación, rindiendo la plaza a los británicos, que consiguieron un botín de 10.000 pesos, 40 cañones de bronce, dos de campaña, cuatro morteros y 18 pedreros (16). Las bajas británicas fueron de tres muertos y seis heridos (17). Según los términos de la capitulación, la ciudad no sería saqueada ni molestada la población, demostrando con ello que la propaganda española se equivocaba al mostrar a los británicos como piratas y saqueadores.

         Según este relato, tomado de fuentes británicas, la captura de Portobelo viene a demostrar la osadía, valentía y caballerosidad de Vernon y sus hombres y la cobardía de los españoles. ¿Realmente ocurrió así?. Para contar la verdad de lo ocurrido hay que empezar por el estado de defensa de la plaza. Siendo la ciudad de vital importancia para el comercio indiano, en tiempos de Felipe II se levantaron las tres fortalezas. Por desidia e ineptitud de muchos de los gobernadores que tuvo fue ocupada en varias ocasiones en el siglo anterior, Morgan en 1668 y Pointis en 1697. En 1739 la situación no era mejor. El gobernador de la plaza, don Bernardo Gutiérrez Bocanegra, se encontraba en Panamá respondiendo en juicio a unos delitos cometidos, siendo el gobernador interino don Francisco J. de la Vega Retez, un anciano inepto que no había adoptado ninguna medida de defensa a pesar de las muchas pruebas y avisos sobre el posible ataque británico. Las tres fortalezas contaban con un buen número de cañones, aunque la mayoría estaban desmontados de sus cureñas. El castillo Todofierro (así llamado por los españoles) contaba con 32 cañones, pero sólo nueve estaban montados. Dos de ellos se desmontaron al primer disparo, otros tres quedaron fuera de servicio con la primera andanada británica a la una del mediodía. De los dos buques guardacostas que se encontraban en la plaza se desmontó la artillería y la metieron en los fuertes. Don Juan Francisco Garganta, teniente de navío y comandante de los guardacostas, entró en este primer castillo con 90 marineros y 54 soldados de infantería de Marina para manejar los pocos cañones.

         Con estos pocos medios duró el combate hasta las cuatro y media. El castillo estaba casi arrasado y sólo quedaban once hombres de los guardacostas, pues muchos habían caído y otros desertado. Con el desembarco británico, los once soldados dispararon matando a cuatro e hiriendo a otros tres atacantes. Ya no hubo combate relevante pues faltaban fusiles y la pólvora.

         Desde el castillo de Gloria se estuvo disparando a la escuadra británica, pero se encontraba fuera de su alcance, gastando pólvora inútilmente ante las risas del enemigo. Esa noche hubo un consejo donde la mayoría de los ciudadanos de Portobelo optó por combatir hasta el extremo, pero el pusilánime gobernador, por iniciativa propia, izó una bandera blanca para entregar la plaza. Otros siguieron su cobardía como el capitán don Sebastián Vázquez Meléndez, que huyó al monte con sus hombres. Los 600 defensores del castillo hubieran hecho pagar cara la osadía de Vernon a poco que se lo hubiera propuesto el gobernador. El castillo de San Jerónimo no hizo disparo alguno al tener todos sus cañones desmontados (18). El gobernador, después de la rendición, huyó al monte, abandonado a su suerte a la ciudad. Los hombres de Vernon demolieron los castillos hasta sus cimientos y saquearon la ciudad durante varias semanas en busca de un botín que nunca encontraron, lanzando al mar los cañones de hierro y destruyendo lo que no era de valor para ellos. Los 10.000 pesos que se llevaron pertenecían a las pagas de la guarnición. Pero Vernon tuvo mucho cuidado en no molestar a la población civil y ordenó que sus haciendas fueran respetadas. Sabía, o eso creía, que los británicos ganarían la guerra y sustituirían a los españoles en el comercio del lugar.

         En marzo de 1740 llegó a Inglaterra el capitán Rentone en la fragata Triumph, que era la española Triunfo capturada, con las noticias de la tomo de Portobelo (19). La noticia de la victoria de Vernon hizo correr ríos de tinta y la alegría y alborozo duró varios meses. En honor a esta victoria todavía hoy existe una calle en Londres que la recuerda, Portobello Road. Se hicieron medallas conmemorativas. Vernon fue recibido como un héroe a su llegada a la metrópoli y en una cena en su honor dada por el rey Jorge II se tocó por primera vez el actual himno nacional británico. Se acuñaron unas medallas para conmemorar la victoria. En el anverso de éstas estaba la efigie de Vernon y la leyenda “VERNON SEMPER VIRET”, y en el reverso ponía “PORTO BELO SEX. SOLUM NAVIBUS ESPUGNATE. NOV. 22-1739”. Pero no fue ésta la única medalla, se hicieron muchas más, de muchos tipos, quizás la más conocida sea la que dice “Tomó Portobelo con sólo seis barcos”.

          ¿Merecía tanto júbilo la victoria conseguida?. El botín obtenido no merecía el gasto de tanto armamento. Además de la artillería capturada, de dos buques guardacostas y una balandra, sólo obtuvieron unos miles de pesos, puesto que el resto del dinero que había en la plaza había sido puesto a buen recaudo. Este éxito se volvió en contra de los británicos. Vernon y la mayoría de los comandantes menospreciaron las defensas, el valor y la capacidad española para sobreponerse. Basta como ejemplo, que el general Oglethorpe, comandante de las tropas coloniales en Norteamérica, propuso tomar La Habana con sólo dos batallones. Los españoles, ante la humillante entrega de Portobelo, clamaron venganza contra los británicos. El Almirantazgo británico y Vernon sabían que en Portobelo se había celebrado la feria en 1738. Como en todas las ferias, desde Perú se enviaban los caudales a Panama con la escolta de la Armada del Mar del Sur, y de allí a Portobelo.
Vernon fue a atacar Portobelo, sabiendo que era una empresa fácil y de poco riesgo, convirtiendo la captura de esta ciudad, importante sin duda y conocida en todo el mundo, en una gloriosa victoria.

Estos caudales, unos doce millones de pesos, no fueron llevados a Portobelo a causa de las tensiones con el gobierno británico y el temor a ser capturados en un ataque. Varios meses después, esos caudales regresarían a Perú. Si realmente éste era el objetivo primordial de los británicos, fracasaron en su objetivo. Incluso Vernon tuvo la tentación de repetir lo que había realizado Henry Morgan, atacar Panamá (20). Las dificultades eran ahora mayores, no existía el efecto sorpresa y cabía la posibilidad de que la plata hubiera sido devuelta a Perú, como así era. No hubo una ocupación posterior de la plaza por la que se obtuviera algún resultado económico, no hubo avance hacia el interior para cortar las comunicaciones españolas con América del sur. El resultado fue la destrucción de tres castillos y captura de material de guerra, nada más.

         El almirante Vernon, como político y miembro del Parlamento, jugó sus cartas muy hábilmente. Conocía la debilidad de Portobelo pues los factores de la Compañía del Mar del Sur ya le habían informado y por eso fue a atacar la plaza, sabiendo que era una empresa fácil y de poco riesgo, convirtiendo la captura de esta ciudad, importante sin duda y conocida en todo el mundo, en una gloriosa victoria. Partidario de la guerra y enemigo acérrimo de Robert Walpole, quiso demostrar a la opinión pública que la guerra estaba justificada y que era fácil ganarla, pero no sólo eso, sino que él era el nuevo héroe de la nación, llegando a ser considerado como un nuevo Drake. Su arrogancia le saldría muy cara en Cartagena de Indias.

         A finales de diciembre de 1739 zarpa la escuadra de Portobelo para regresar a Port Royal, dejando al Diamond de patrulla en la costa de Cartagena de Indias. Durante la travesía, la escuadra sufre las inclemencias del mal tiempo y se dispersa, llegando finalmente a puerto jamaicano sin pérdidas.

Cartagena de Indias. 13-20 de marzo de 1740

         Su siguiente objetivo era Cartagena de Indias. Habían llegado a Jamaica varios buques de guerra, entre ellos dos brulotes y dos bombardas, muy aptos para este tipo de ataque, que habían zarpado a primeros de noviembre de Portsmouth con el navío Greenwich y un importante gran convoy de buques mercantes. El día 2 de ese mes salió de Spithead el navío Portland rumbo a Barbados, llevando a bordo al nuevo gobernador Byng. El almirante británico tenía la necesidad de conocer las defensas con que contaba Cartagena de Indias y en que situación se encontraban. Antes de zarpar rumbo a Portobelo había ideado una treta. A finales de octubre de 1739 envió a su primer teniente Percival en el buque Fraternity con dos caballeros españoles a bordo, factores de la Compañía de Mar del Sur. Debían enviar dos cartas, una al gobernador de la plaza don Pedro Hidalgo y otra a don Blas de Lezo. Este pretexto serviría para introducir al teniente británico en Cartagena de Indias, pero el gobernador prohibió la entrada del buque en el puerto y no se pudo llevar a cabo la operación.

         Para la seguridad del comercio dejó en Jamaica, al mando del comodoro Brown, a los buques Hampton Court, Burford, Worcester, Diamond y Torrington. El navío Burford había llegado muy dañado por el anterior temporal y se dieron órdenes para su reparación inmediata con el propósito de unirse a Vernon lo antes posible. El día 7 de marzo de 1740 zarpa de Port Royal con seis navíos, dos brulotes, tres bombardas y un paquebote. Cuando el 13 de marzo se presentó a la vista de Cartagena de Indias, envió varios botes para sondear el paso de la escuadra y varios hombres del Greenwich, capitán Charles Windham, desembarcan en la costa para observar las defensas, mientras la escuadra fondea al oeste de la plaza, en Playa Grande. Cinco días después ordena a las bombardas abrir fuego sobre la ciudad. Con ello pretendía provocar a don Blas de Lezo a un enfrentamiento abierto en el mar haciendo salir a sus cinco navíos (21). Los cañones de las fortalezas no alcanzaban a la escuadra enemiga, mandando Lezo desembarcar algunos cañones de su escuadra para formar baterías con las que alcanzaron a los buques británicos. Después de tres días de bombardeo, durante los cuales 350 bombas cayeron en la ciudad, Vernon se retira (22). Los daños habían sido considerables, destruyendo en parte el colegio de los jesuitas, la catedral y otros edificios. Había desembarcado Vernon 400 soldados para atacar el castillo de Santa Cruz, siendo derrotados y la mayor parte hechos prisioneros.

         En opinión del propio Vernon había conseguido su objetivo, que no era otro que el de tantear las defensas de la plaza, considerando también que no tenía una fuerza adecuada para un ataque frontal a Cartagena de Indias. El 21 de marzo tomó rumbo al istmo de Panamá con la mayoría de sus buques, dejando a los navíos Windsor Castle y Greenwich, ambos al mando del capitán Charles Widham, patrullando la costa cercana a Cartagena de Indias. Estos dos buques debían interceptar, por las noticias que tenía Vernon, la llegada a Cartagena de varios buques de guerra españoles. Sin duda debía tratarse de los navíos de la Armada de Barlovento San Juan Bautista, Bizarra y una goleta, los cuales se encontraban en La Habana cuando a primeros de marzo recibe su comandante don José Antonio de Herrera órdenes de don Blas de Lezo de unirse a su escuadra. Cerca de Portobelo ancló Vernon para reparar los daños ocasionados en el bombardeo de Cartagena, reponerse de víveres y agua. El arrogante Vernon escribió al almirante Wager y llegó a decirle que hubiera tomado fácilmente Cartagena si hubiera contado con más buques de guerra y tres mil hombres de desembarco.
Castillo de San Lorenzo el Real de Chagre. 22-24 de marzo de 1740

         Muy cerca de Portobelo se encontraba en la desembocadura del río Chagre la fortaleza de San Lorenzo. La importancia que tenía para los británicos no era otra que ser base de algún guardacostas y puerto de embarque de tesoros. Para destruir la fortaleza defendida por cuatro cañones y 30 soldados al mando del capitán de infantería don Juan Carlos Gutiérrez Cevallos, la escuadra de Vernon se presentó el 22 de marzo con cuatro navíos, Strafford, Norwich, Falmouth y Princess Louisa, tres buques bombarderos, Alderney, Terrible y Cumberland, armados con 8 cañones y al mando de los oficiales Scout, Allen y Thomas Broderick, los brulotes Success y Eleanor, ambos con 10 cañones y mandados por Daniel Hore y Robert Henley, y los transportes Goodly y Pompey (23). Con este ataque Vernon parecía seguir los pasos del pirata Henry Morgan, que en 1671 destruyó también la fortaleza para seguir el curso del río y llegar a Panamá. El mismo día de la llegada de la escuadra al río Chagra, aparece la fragata Diamond, al mando del capitán Knowles.

         A las tres de la tarde comenzó el bombardeo por parte del Norwich, al mando del capitán Herbert, y las tres bombardas. Al mando del capitán Charles Knowles son enviados varios botes para tomar al abordaje un navío de 70 cañones y 350 hombres que estaba anclado al amparo de las baterías (24). Esa noche, el resto de los buques británicos se unieron al bombardeo. Ante semejante castigo se rinde el capitán Cevallos  el 24 de marzo, realizando a partir de entonces las mismas acciones que el Portobelo. Destruyeron el castillo, embarcaron parte de la artillería, capturan las dos balandras guardacostas y seis días después, la escuadra de Vernon se reúne de nuevo en Portobelo. Al día siguiente, 1º de abril, se une a la escuadra el Burford, que había estado reparándose en Jamaica. Cuatro días después ordena  a Henry Barnsley que tome el mando de una de las balandras españolas capturadas y zarpe de Portobelo rumbo a Inglaterra, llevando a bordo a Joshua Thomas, contramaestre del Strafford, encargado de entregar pliegos a la corte relatando la captura de la fortaleza de San Lorenzo, continuando con su política de promoción personal, pero esta vez no ocurrió lo mismo que en Portobelo. Aunque de cara al pueblo británico se mostró la captura de este castillo como otra gran hazaña de Vernon, lo políticos más allegados a él, entre los que se encontraban Newcastle, Pulteney y otros, comenzaron a dudar de su buen criterio. Así se lo hizo saber en una carta el Duque de Newcastle, manifestando la opinión del rey Jorge II que estaba malgastando material y hombres en objetivos poco importantes por su nulo resultado en el desarrollo de la guerra.

         Estando la escuadra británica en la costa entre Portobelo y Cartagena, recibe el vicealmirante Vernon noticias de la salida de El Ferrol de dos navíos españoles cargados con tropas, estando además a bordo el nuevo gobernador de Nueva Granada don Sebastián de Eslava, encontrándose en ese momento en San Juan de Puerto Rico (25). Suponiendo Vernon que los dos navíos tenían como destino el puerto de Santa Marta antes de dirigirse a Cartagena de Indias, ordena el 21 de abril al capitán Berkley que asuma el mando de los navíos Windsor Castle, Greenwich y Burford y se dirija a barlovento de Santa Marta para interceptarlos, mientras el resto de la escuadra se dirige a Jamaica para abastecerse.

         Como ya es sabido, los navíos españoles consiguen entrar en Cartagena de Indias, burlando la vigilancia británica. Eran los navíos Galicia y San Carlos, a las órdenes de los capitanes de fragata don Juan Jordán y dos Félix Celdrán, salidos de El Ferrol la mañana del 18 de octubre de 1739. El 16 de diciembre de ese año entran en San Juan de Puerto Rico para realizar una escala, desembarcando parte de los 700 soldados que llevaban a bordo, llegando a Cartagena de Indias el 21 de abril de 1740. Su travesía estuvo llena de calamidades, tormentas y enfermedades que causaron la muerte a 154 hombres, setenta de los cuales se habían dejado en Puerto Rico. El nuevo virrey de Nueva Granada, el teniente general don Sebastián de Eslava, recibió su nombramiento por Real orden del 2 de septiembre de 1739. Junto a don Blas de Lezo se convertiría en uno de los personajes claves de la guerra de las Indias.
Cartagena de Indias. 3 de mayo de 1740

         Casi dos meses después del primer ataque a Cartagena de Indias, la escuadra británica, reforzada en buques y hombres, regresa para realizar un nuevo intento. En esta ocasión contaba Vernon con trece buques de guerra y una bombarda.

         Apostando sus navíos en lugares estratégicos, el general Lezo consigue de nuevo ahuyentar a los británicos con su fuego. Si las intenciones de Vernon en estos dos ataques a Cartagena de Indias no eran las de asestar un duro golpe a los españoles, lo único que consiguió fue ponerlos sobre aviso.

Llegada de refuerzos

         Los temores y recelos de Vernon respecto a que España enviara refuerzos a las Indias parecieron confirmarse cuando a (finales de mayo) recibe una carta del embajador británico en Lisboa, Lord Tyrawley, fechada el 21 de abril de 1740, informándole de la salida de Cádiz de nueve navíos y tres fragatas al mando del teniente general Pintado, creyendo que su destino era el Caribe. Pocos días después, recibe otra carta del Duque de Newcastle, fechada el 18 de abril, donde le confirma no sólo la salida de la escuadra española de Cádiz el 19 de marzo, sino que también había zarpado otra escuadra de El Ferrol. Le dice en esa carta que debe defender Jamaica y que una escuadra de diez navíos al mando de Nicholas Haddock zarparía del Mediterráneo en cuanto se confirmase que el destino de la escuadra española era el Caribe. También le informa de los preparativos realizados hasta el momento para el envío de una fuerte escuadra y ejército de 8.000 hombres al mando del general Lord Cathcart, estando previsto que llegase como muy tarde en el mes de septiembre.

         Con grandes esfuerzos se había alistado una escuadra en Cádiz, zarpando en marzo de 1740 al mando del teniente general don Manuel López Pintado. Estaba compuesta por los navíos San Antonio, San Luis, Fuerte, Andalucía, Real Familia, Nueva España, Asia, San Isidro, las fragatas Galga y Griega y los paquebotes Júpiter y Marte. Su salida se hizo coincidir con otra al mando de Torres desde El Ferrol para despistar a los británicos. Ambas escuadras entraron en la base gallega a finales de marzo. En el departamento ferrolano se realizan preparativos para embarcar tropas y poner en estado operativo todas las unidades, siendo asignado el teniente general don Rodrigo de Torres comandante de esta escuadra, mientras el general Pintado regresa a Cádiz para hacerse cargo del departamento como su nuevo capitán general.

         Las escuadras británicas habían fracasado de nuevo, una vez más, en interceptar los movimientos de buques españoles, primero en Cádiz donde a la escuadra de Haddock se  le pasó desapercibida la salida de Pintado, al igual que a varios buques de la escuadra del almirante Balchen, que se encontraban en aguas gallegas. En el mes de abril de 1740 tuvieron los británicos el primer éxito en capturar un navío de línea de la Real Armada. Mientras se realizaban los aprestos necesarios para la salida de la escuadra de Torres, algunas unidades realizaban salidas para patrullar la costa, proteger el tráfico y adiestrar a las tripulaciones. En una de estas salidas, los navíos de 70 cañones Princesa y Príncipe se encontraban dando caza a una fragata enemiga (26). El Princesa, al mando del capitán de fragata don Pablo Agustín de Aguirre, quedó en solitario al haber roto parte de la arboladura y verse obligado a regresar a Ferrol para reparar. Cuando se encontraba a la altura del cabo Prior (Ortegal), a unas treinta leguas del cabo Finisterre, fue avistado por los navíos británicos Oxford, Kent y Lennox, los tres armados con 70 cañones. Los tres buques británicos consiguen rendir al comandante Aguirre, no sin antes haber combatido durante varias horas, haber perdido muchos hombres y no tener posibilidad alguna de escapar al haber sido desarbolado.

         Los británicos estaban ahora decididos a destruir de una vez por todas a la escuadra española. Para ello hicieron zarpar una escuadra de más de veinte navíos al mando del almirante Norris para destruir a la escuadra de Torres en El Ferrol, tomarían después las islas Canarias, cortando de una vez por todas las comunicaciones atlánticas. Otra escuadra al mando de Chaloner Ogle debía zarpar rumbo al Caribe con las tropas de Cathcart, que unidas después a la de Norris pondrían sitio a La Habana. Una tercera escuadra, la de Anson, entraría en el Pacífico y ocuparía Panamá (27). Estos planes pondrían en el mar unos 50 navíos y cientos de buques de transporte. El peligro era inmenso y significaría, de tener éxito, el fin de la América española.

         El 11 de julio de 1740 se ordena a la escuadra de Torres zarpar de El Ferrol, realizando la salida de puerto el día 31 de ese mes con tanto sigilo, que los británicos no tienen noticias de ello hasta el 27 de agosto. La escuadra española estaba compuesta por once navíos, San Felipe, Santa Ana, Reina, Príncipe, Nueva España, San Luis, San Antonio, Fuerte, Andalucía, Real Familia y Castilla, además de los buques menores Pingüe, Isabela y Hermoso, y 2.200 soldados. La escuadra tomó rumbo a Veracruz, embarcaron caudales y llegaron con ellos a La Habana a primeros del mes de septiembre. Poco después puso Torres rumbo a San Juan de Puerto Rico para dejar pertrechos y caudales y después a Cartagena de Indias para abastecer a la escuadra de don Blas de Lezo, dejando en esta última plaza 800 soldados, de los cuales murieron 170 al poco de desembarcar (28).

         La salida de la escuadra española de El Ferrol cambió todos los planes británicos. El convoy de tropas destinado al Caribe y que, en un principio, llevaría la escolta de sólo seis navíos, se incrementó considerablemente. El 6 de noviembre zarpa de Portsmouth la escuadra puesta al mando del contralmirante Chaloner Ogle, compuesta esta vez por más de veinte navíos, numerosas fragatas y buques menores y casi doscientos buques de transporte. El 11 de noviembre sufre esta escuadra las inclemencias de un temporal, obligando al navío Buckingham a regresar a Spithead, mientras el Superb y el Prince of Orange tienen que entrar en Lisboa escoltados por el navío Cumberland.

         Habíamos dejado a la escuadra de Vernon de vuelta en Jamaica después de su segundo ataque a Cartagena de Indias. Durante los siguientes meses los buques británicos estuvieron dedicados a proteger su tráfico y acosar a los buques españoles. Un nuevo aviso recibe en Jamaica sobre la salida de Cádiz del nuevo virrey de Nueva España en dos buques holandeses y un aviso español. Zarpan a mediados de junio de Port Royal el Worcester y el Falmouth para interceptarlo, consiguiendo capturar al buque español, pero no a los dos holandeses que consiguen escapar, estando embarcado en uno de ellos el virrey. También a mediados de junio zarpan de Port Royal los navíos Burford, Hampton Court, Windson Castle, Strafford, Greenwich, el brulote Success y un transporte, con la misión de interceptar en la costa de Tierra Firme la escuadra española que suponía había zarpado ya de El Ferrol. Dejó de patrulla en estas aguas al Hampton Court hasta primeros de julio, habiendo regresado Vernon a Jamaica el 1º de julio. La primera semana de julio zarpa de Port Royal el navío Greenwich para llevar a Inglaterra al comodoro Brown. Escoltando un convoy de 40 mercantes con pertrechos entran en Port Royal el 15 de septiembre los navíos Defiance y Tilbury, habiendo zarpado de Spithead el 29 de junio y haber dejado algunas tropas y pertrechos en Barbados. Sin noticias sobre la llegada de los ansiados refuerzos, Vernon vuelve a zarpar el 15 de octubre con el Burford, Hampton Court, Windsor Castle, Princess Louisa, Worcester, Defiance y Tilbury, la bombarda Alderney y los brulotes Success y Eleanor, para cruzar la costa de la isla de Santo Domingo.

         Pocos días después se entera que la escuadra al mando de Rodrigo de Torres había entrado en San Juan de Puerto Rico sobre el 20 de septiembre y había zarpado rumbo a Cartagena de Indias en los primeros días de octubre. A pesar de que ya no podía interceptarla continuó su crucero por aquellas aguas, encontrándose a finales de octubre con ocho mercantes escoltados por la goleta Wolf, convoy que llegaba de las colonias norteamericanas con tropas al mando del coronel Gooch. Dejando de crucero en esas aguas al navío Windsor, regresa Vernon a Jamaica con el convoy. En la travesía a Port Royal captura el navío Tilbury un bergantín español.

         A finales de diciembre de 1740 llega la escuadra de Chaloner Ogle a la isla Dominica. Allí fallece por enfermedad el general Lord Cathcart, sensible pérdida que tendría graves consecuencias para las operaciones futuras al ser sustituido por el brigadier general Thomas Wentworth. En la primera semana de enero de 1741 la escuadra británica llega a San Cristóbal, punto de encuentro en caso de separación, zarpando rumbo a Jamaica al día siguiente, 8 de enero.

         Edward Vernon se hace cargo de toda la escuadra, izando su insignia en el navío Princess Carolina, llevándose al capitán Watson, pasando a mandar el Burford el capitán Thomas Griffith (29). Al vicealmirante británico no sólo le preocupaba la presencia de la escuadra de Torres de Cartagena de Indias, sino la escuadra francesa que al mando del marqués D’Antín se encontraba en Port Louis. Vernon no podía permitir que las dos escuadras se reunieran, formando un conjunto de 40 navíos, por lo que se propuso averiguar las razones de la presencia francesa en el Caribe. Mientras esto ocurría la escuadra española sufre cerca de Puerto Rico una tormenta que hace naufragar al navío Andalucía, mientras que el Fuerte tiene que entrar en La Habana, permaneciendo por un tiempo en el arsenal para ser reparado.

         El 21 de enero se celebra un consejo de guerra donde se decide que la escuadra zarpe al completo para averiguar los movimientos e intenciones de los franceses. Después de reparar los daños de la travesía del Atlántico la escuadra se divide en tres divisiones, quedando lista para finales de enero. La primera división, al mando de Ogle, zarpa el 1º de febrero con diez navíos, dos fragatas y cuatro menores, seguidos dos días más tarde por la división del vicealmirante Lestock con nueve navíos, una fragata y cuatro menores. Otros dos días después sale la tercera al mando de Vernon con once navíos, tres fragatas y ocho menores. Los vientos contrarios obligan a fondear a la escuadra, recibiendo el navío Augusta daños de consideración por lo que tiene que entrar en Port Royal por orden de Vernon. A los pocos días regresa la goleta Wolf,  al mando de William Danbridge, donde en Port Louis había descubierto a la escuadra francesa. Los británicos deciden poner ese rumbo. A finales de febrero sólo descubren anclados buques mercantes franceses. El gobernador francés les comunica que la escuadra francesa había zarpado rumbo a Europa. Vernon vio la oportunidad que había estado esperando, y ordena dos días después de su llegada a Port Louis poner rumbo a Cartagena de Indias, después de obtener permiso de los franceses para abastecerse de víveres y agua.

         Para comprender la actitud francesa, es necesario conocer las razones del envío de esas escuadras y su retirada. Tras la caída de Portobelo la situación respecto a la neutralidad francesa cambia, no podía permitir que España perdiera esta guerra. En el mayor de los secretos zarpa una escuadra de Brest el 2 de septiembre de 1740, compuesta por 18 navíos al mando del teniente general Antoine-Francois d’Antín y otra había salido ya el 25 de agosto desde Tolón con 12 navíos al mando de Rochalart (30). El punto de reunión se fijó en Santo Domingo, quedando en el Caribe 20 navíos, pues 6 debían regresar a Brest y 4 a Tolón (31). La escuadra de d’Antín llegó a la isla Martinico en el mes de octubre de 1740 desembarcando tropas y pertrechos, tras lo cual se dirige a Port Louis, en la isla de Santo Domingo. En el mes de diciembre se unen las dos escuadras francesas. En enero de 1741 zarpan las escuadras rumbo a Francia.

         Los planes aliados eran los siguientes: la escuadra de Torres debía atacar a Vernon en igualdad o inferioridad del británico. Con la llegada de las escuadras francesas, eran ellos, Torres, D’Antín, Lezo, quien debían tomar las decisiones más adecuadas a cada momento, pero en resumen, debían derrotar a Vernon y atacar Jamaica antes de que llegaran las escuadras de refuerzo británicas. En diciembre de 1740, reunidas las escuadras de Torres y Lezo en Cartagena de Indias, se reciben órdenes desde Fointanebleau, donde el embajador español en París le comunica a Torres que las escuadras española y francesa deben colaborar en derrotar a Vernon (32). El virrey Eslava convoca una Junta en el Cabildo de Cartagena los días 12 y 13 de diciembre a la que asisten Torres y Lezo. Se determinó reunirse en Santa Marta para decidir allí cual serían las futuras operaciones contra la escuadra británica, que se mantiene en aguas de Jamaica.

         La llegada a Jamaica de la escuadra de Chaloner Ogle cambia la situación. La escuadra francesa había recibido órdenes de Paris de regresar a Europa. Francia no iba a exponer el sacrificio de tantos años en una batalla, pero el problema que tenía era justificar esa retirada ante la corte española. Para ello propone nuevos planes encaminados a distraer tropas y navíos británicos de las Indias, atacando Escocia, Mahón y la escuadra de Haddock en el Mediterráneo. A los consejeros de Felipe V no les convence estas propuestas. Si se atacaba Escocia, Holanda y Austria entrarían en conflicto, y para atacar Mahón y a la escuadra de Haddock bastarían las escuadras que se estaban armando en Europa (33), por lo que no había necesidad de retirar buques del Caribe. La orden se retirar las escuadras francesas era del 7 de octubre, por supuesto sin el conocimiento del gobierno español, y antes de partir la escuadra de Ogle, aunque los franceses ya sabían que se iba a producir.

         España vuelve a encontrarse sola. La escuadra de Lezo regresa a Cartagena de Indias, a la que se incorpora el navío San Felipe, de la escuadra de Torres, mientras que Torres zarpa rumbo a La Habana, a cuyo puerto llega el 26 de enero de 1741 escoltando a los galeones, temiendo que La Habana fuese atacada por Vernon. Los franceses dejan siete navíos en el Caribe al mando del jefe de escuadra conde de Roquefueil.  Era la oportunidad que Vernon estaba esperando. Lejos de Cartagena de Indias las escuadras de Torres y d’Antín, los británicos podían apoderarse de esta plaza, fundamental para sus aspiraciones.
Cartagena de Indias. 13 de marzo-20 de mayo de 1741

         A esta plaza puso rumbo Vernon con su escuadra, fondeando en la ensenada de Playa Grande, entre Cartagena y Punta Canoa. Las defensas españolas estaban constituidas por la Armada, que contaba con seis navíos, el Galicia, insignia de don Blas de Lezo, Conquistador, San Felipe, África, Dragón y San Carlos. No pudiendo enfrentarse a tan poderosa escuadra enemiga los utilizó para evitar el paso de la escuadra enemiga en las dos entradas a la bahía. Para evitar el ataque de brulotes se colocaron cadenas delante de los navíos. En la entrada de Boca Chica fondearon cuatro de los navíos; apoyado por los fuegos del castillo de San Luis en Tierra Bomba se colocó el Galicia, seguidos y en este orden por el San Felipe, el África y el San Carlos, el más cercano al castillo de San José en el extremo norte de la isla de Barú. La entrada de Boca Grande no era posible para los navíos británicos, pero sí para las pequeñas embarcaciones, acoderándose cerca de tierra los navíos Dragón y Conquistador. Como los navíos estaban fondeados y sólo podían hacer fuego por una de las bandas, parte de la artillería fue desembarcada para formar baterías y algunas dotaciones formaron unidades de infantería.


         Respecto al Ejército, se contaba en esta plaza con unos 2.700 hombres encuadrados en 12 compañías del regimiento Aragón, 12 del regimiento España, 12 de los regimientos de Toledo, Lisboa y Navarra, 9 compañías del regimiento Fijo de Cartagena de Indias, 5 compañías de milicias y 600 indios.  Frente a estas tropas, 24.000 británicos se lanzaron al ataque. Muy pocos las discuten estas cifras hoy en día, aunque algunos autores han señalado que los británicos atacaron sin tener en cuenta su propia inferioridad (34), afirmación que puede clasificarse como mínimo de absurda.

         La defensa fija contaba con el castillo de San Luis de Boca Chica, con 83 morteros y pedreros y 200 hombres al mando del coronel de ingenieros don Carlos Desnaux. Situados en Tierra Bomba se encuentran los castillos de de San Felipe, con siete cañones y Santiago, con quince cañones y 80 hombres, además de los cuatro cañones la batería de Chamba situada al norte de esta isla. En la isla de Barú se sitúa el castillo de San José con 21 cañones. En Punta Abanicos hay una batería con 14 cañones. Frente al paso de Boca Grande se encuentra el castillo de Santa Cruz o Castillo Grande, que dispone de 60 cañones. En frente de este último y protegiendo la bahía interior el castillo de Manzanillo, de 12 cañones. Ya en la bahía interior y en la isla de Manga, el castillo de Pastelillo. Sobre el cerro de San Lázaro y al este de la ciudad se encuentra San Felipe de Barajas. La plaza estaba amurallada y con numerosos baluartes, como el arrabal de Getsemaní.

         La mañana del 13 de marzo, el navío Weymouth, la fragata Experiment y la corbeta Spence, reconocieron Punta Canoa, realizando varios disparos para así conocer los emplazamientos de las defensas en aquella zona, el nordeste de la plaza, fondeando al mediodía a media distancia entre Punta Canoa y la plaza de Cartagena. Al día siguiente, sobre las nueve de la mañana, la corbeta Spence trató de dar caza, sin conseguirlo, a una balandra que traía un despacho del gobernador francés de Leozan. Entrando en el puerto por el canal de Bocachica, informó al virrey Eslava del peligro de ataque de una escuadra británica. A las tres de la tarde la fragata británica se alejó por Punta Canoa para informar a Vernon del resultado de los reconocimientos que se habían efectuado.

         A las tres de la tarde del 15 de marzo realizó el navío Weymouth cinco disparos e izó una bandera blanca; era la señal. El grueso de la escuadra dobló Punta Canoa y fondeó entre este punto y la Boquilla. Al día siguiente simularon un desembarco en este punto varios buques británicos que se habían acercado a tierra. El avance por esta zona  de la Boquilla, a dos leguas y media de la plaza, era muy costoso al tener que vadear canales fortificados. Al ver la aproximación de los buques, son enviadas tres compañías de granaderos al mando del capitán don Pedro Casellas para reforzar el destacamento de infantería y cuarenta soldados de caballería. El capitán Casellas informó después al virrey Eslava de los movimientos de las lanchas y botes enemigos, los cuales regresaron a sus buques, entendiendo este capitán que era una diversión o quizás comprendieron la dificultad de practicar el desembarco en esta zona.

         Si Vernon hubiera conseguido realizar con éxito este desembarco habría atacado la plaza por el norte, detrás del cerro de la Popa, evitando así tener que entrar con su escuadra en la bahía forzando el canal de Bocachica. Por tanto, Vernon estaba convencido de este primer planteamiento desde su salida de Jamaica. Al no poder realizarlo, tuvo que cambiar los planes sobre el terreno (35). Este primer contratiempo sería perjudicial para sus aspiraciones, ya que forzar la entrada de la bahía llevaría más tiempo del previsto.

         Al amanecer del día 17 cuatro de los navíos británicos y dos paquebotes se separaron de la escuadra y fondearon entre los dos canales de entrada. Al acercarse a los fuertes de la entrada son recibidos a cañonazos, teniendo que retirarse para salir de tiro. Doscientos infantes de marina se unen a los doscientos defensores del castillo de San Luis de Bocachica, llevando además víveres y municiones. Su comandante, el coronel don Carlos Desnaux mandó el día 18 un destacamento a la batería de Chamba, en Tierra Bomba, pues la proximidad de los navíos a la costa hacía prever un inminente desembarco, el cual no se realizó en esa fecha.

         El 19 de marzo se unen otros cuatro navíos británicos a los destacados del día 17 frente a las baterías de Chamba. El 20 de marzo comienza el ataque general contra las defensas de Bocachica. Cinco navíos se situaron frente a la batería de Chambacú, entreteniéndose en realizar un fuerte cañoneo de una batería inexistente, puesto que había sido abandonada dos días antes, retirando los cañones. La división del contralmirante Chaloner Ogle, con insignia en el Jersey, bombardeó con los navíos Norfolk, Shrewsbury y Russell los fuertes de San Felipe y Santiago, armados con 15 cañones y 80 hombres al mando del teniente de navío don Lorenzo de Alderete, dependientes del castillo de San Luis. Durante cuatro horas resistieron el bombardeo, tras las cuales, desmontados todos los cañones, se retiró Alderete con sus hombres al castillo de San Luis. Una vez desmontados estos fuertes, los navíos británicos realizaron varias pasadas frente al de San Luis, destruyendo dos de sus cañones.

         Una vez tomados los castillos de Santiago y San Felipe, la escuadra británica buscó el mejor lugar para efectuar un desembarco en la isla de Tierra Bomba. Quinientos granaderos al mando del teniente coronel Cochrane realizaron el primer desembarco, al que siguieron las tropas del coronel Wolf y los generales Wenworth y Guise. La condiciones del mar empeoraron y el desembarco tuvo que ser suspendido hasta el día siguiente, 21 de marzo, donde siguieron desembarcaron tropas, artillería, municiones y pertrechos durante otros cinco días.

         En los primeros ataques del día 20 contra el castillo de San Luis los buques británicos tuvieron las primeras bajas de importancia. Una bala cortó el cable del navío Shrewsbury, quedando a merced de los cañones del castillo y los cuatro navíos españoles durante siete horas hasta que cesó el fuego al caer la noche y pudo ser remolcado. El navío británico había recibido 240 impactos, lamentando la pérdida de veinte muertos y cuarenta heridos, según los británicos. Esa misma noche, dos bombardas continuaron el cañoneo del castillo de San Luis.


         Las tropas desembarcadas en Tierra Bomba emplazaron una batería de 12 cañones de a 24 libras al pie del destruido castillo de Santiago, otra de 12 morteros y una más al noroeste del castillo de San Luis. Desde la batería de Punta Abanicos, al mando del teniente de artillería don Joaquín de Andrade, los cañones españoles hacían mucho daño a las tropas desembarcadas en Tierra Bomba. Decidido Vernon a destruirla, manda al capitán de navío Thomas Watson desembarcar el 30 de marzo a media milla de la citada batería con 200 soldados y 300 marineros. Una batería española de cuatro cañones, desconocida su existencia por los británicos, causó muchas bajas, unos setenta muertos y heridos, antes de tomarla. El comandante de esta batería, el teniente de navío don José de Loayza, murió en los combates. El teniente Andrade, al verse atacado por uno de sus lados intentó cambiar la dirección de sus cañones, pero sus disparos ya no eran tan precisos como antes y el capitán Watson tomó la batería al asalto.

         Los españoles, viendo las molestias que se tomaban los británicos en destruir la batería de Punta Abanicos, enviaron al lugar nuevos cañones, mientras que Vernon ordena al capitán Jolly que se acerque con su navío Rippon lo más posible para destruirla. La empresa no iba bien para los británicos. Después de más de dos semanas de combates no habían conseguido forzar el paso de Bocachica. Vernon hizo un consejo de guerra para determinar las acciones a realizar para forzar el paso a la bahía.

         El ataque general comenzó a las siete de la mañana del 31 de marzo desde las baterías británicas de Tierra Bomba. El comodoro Lestock, con los navíos Boyne, Princess Amelia, Prince Frederick, Hampton Court, Suffolk y Tilbury iniciaron el ataque por mar el 2 de abril, siendo recibidos por los disparos de los castillos de San Luis y San José y los cuatro navíos españoles. El contralmirante Ogle, con otros cuatro navíos, debía apoyar a los buques de Lestock. El fuego británico es contestado también por la nueva batería de Punta Abanicos, siendo destacado el Princess Amelia para destruir dicha batería. El navío Boyne, que se encontraba más al sur, se sotaventó y sufrió un duro castigo, teniendo que retirarse al llegar la noche. El Prince Frederick y el Hampton Court siguieron disparando durante la noche, pero antes del amanecer estaban tan destrozados que Vernon ordenó su retirada. El Suffolk y el Tilbury estaban fondeados más al norte y sufrieron menos, aunque su efectividad contra el castillo de San Luis fue casi nula. Mientras tanto, Blas de Lezo enviaba al castillo todos los recursos disponibles, mientras sus navíos no dejaban de disparar. Sólo el día 2 de abril el navío Galicia efectuó 760 disparos. El 3 de abril fondearon cerca de Punta Abanicos los navíos Princess Amelia, Litchfield y la fragata Shoreham para apoyar un nuevo desembarco de tropas al mando del capitán de navío Watson, consiguiendo destruir, por segunda vez, la batería española.


         La noche del 3 al 4 de abril se encontraban a bordo del navío Galicia el virrey Eslava y Blas de Lezo. Los dos comandantes son heridos, Eslava en una pierna y Lezo en una mano y en el muslo. Esa misma noche se enviaron al castillo de San Luis fuerzas españolas para cubrir la retirada de sus defensores. El general Wenworth propuso el 4 de abril un asalto definitivo al castillo, mientras Vernon, para apoyarle, desembarcó tropas la tarde del 4 de abril en Punta Abanicos. El avance británico fue en tres columnas al mando del general Blakeney. El coronel Desneux trató de rendirse izando la bandera blanca, pero los británicos siguieron disparando y Desnaux no tuvo más remedio que retirarse con sus hombres.

         A partir de este momento, comienza una nueva fase de la campaña, cuando los británicos consiguen entran en la bahía. Ocupado ya el castillo de San Luis, las tropas británicas entran en el de San José, ya evacuado por las tropas españolas. Para evitar el paso de los buques a la bahía, los cuatro navíos españoles son barrenados y quemados. Los planes no salieron bien, pues sólo el navío San Carlos es hundido, mientras el San Felipe y el África ardieron antes de tiempo al transmitirse a ellos un incendio de una embarcación a la que se prendió fuego por descuido con sesenta barriles de pólvora. Varios marinos británicos consiguen abordar en botes al navío insignia Galicia y tomarlo, capturando a sesenta españoles que quedaban a bordo, evitando su hundimiento.

         A las tres de la mañana del 6 de abril llegaron a la ciudad los defensores de Bocachica y los generales Eslava y Lezo, reforzando los castillos que defienden la bahía interior. Los navíos Conquistador y Dragón son trasladados a la entrada de esta bahía interior, entre Castillo Grande y el fuerte de Manzanillo, formando una nueva barrera de defensa, que estuvo lista el 11 de abril. Había otros siete buques mercantes que podrían tapar la entrada al puerto, siendo colocados en posición el 8 de abril.

         Los británicos remolcaron el navío Galicia para dejar paso a los buques británicos. Vernon, a bordo de su navío insignia Princess Carolina, dos fragatas y un paquebote, entraron en la bahía exterior y fondeó cerca de Punta Perico, en Tierra Bomba. Al día siguiente entraron los navíos Burford y Oxford y fondearon cerca del puerto, pero lejos del alcance de los cañones españoles de Castillo Grande. Otro navío, el Worcester, fondeó cerca del navío de Vernon. Por la tarde de ese mismo día entraron los navíos Weymouth y Cruizer para destruir dos baterías de 8 y 4 cañones situadas en Pasacaballos. El Cruizer penetró hasta la ensenada y se apoderó de cuatro grandes barcazas.

         El comodoro Lestock quedó con su escuadra cerca de Bocachica para reembarcar en los transportes a las tropas y artillería que había participado en la ocupación del fuerte de San Luis. A la vela, o remolcados, fueron pasando las embarcaciones británicas, fondeando el 20 de abril cerca del puerto las bombardas y otras embarcaciones menores.

         A las tres de la tarde del 11 de abril, los españoles abandonan el castillo Grande y también el de Manzanillo, después de ser castigado duramente por los británicos. Prefirieron concentrar la defensa en la misma plaza, donde hasta el último hombre era necesario. El hundimiento de los dos últimos navíos españoles tampoco dio resultado al conseguir mover los británicos al medio hundido navío Conquistador y meter en la bahía interior un navío y algunos paquebotes, comenzando así el bombardeo de la fortaleza de San Felipe de Barajas el 12 de abril.

         El 16 de abril desembarcaron en la isla de Manga y en la de Manzanillo, en un lugar llamado Teja de Gracia, a dos millas de distancia del castillo de San Felipe, y también en la Quinta, en la parte más estrecha del istmo de la península de la Popa, pasando a ocupar los tejares de Gabala y Lozano. Al amanecer del 17 ya ocupaban el convento de la Popa. El desembarco en la Quinta los efectuaron 1.400 británicos al mando del general Blakeney, reforzados por granaderos y 200 americanos, los cuales hicieron retroceder a los españoles.
Vernon envió a Gran Bretaña a la corbeta 'Spence' con pliegos que anunciaban la inminente ocupación de Cartagena de Indias, dando lugar a la acuñación de monedas conmemorativas por una victoria británica que nunca ocurrió.

         Una vez ocupadas las alturas de la Quinta hubo varios consejos de guerra donde se discutió sobre si se debía atacar la fortaleza de San Felipe de Barajas antes de que los españoles terminaran las obras de defensa, o esperaban a que se emplazase la artillería británica. Se decidió no atacar sin la artillería necesaria para batir esas defensas. Este contratiempo hizo que pasaran los días durante los cuales los españoles prepararon mejor sus defensas y las enfermedades comenzaron a causar bajas en el enemigo.

         Estaba a punto de comenzar el asalto definitivo, pero los españoles instalaron baterías para alcanzar el campamento enemigo, causando muchos daños, pidieron por ello el general Blakeney a Vernon que las destruyera con los cañones de los buques de guerra. El 19 de abril, en un nuevo consejo de guerra británico, se decide atacar San Felipe al día siguiente o habría que reembarcar a las tropas. Ese mismo día Eslava envía doscientos soldados veteranos para reforzar los baluartes de Santa Clara y San Lucas.

         Guarnecían la fortaleza de San Felipe de Barajas unos 500 soldados que pertenecías al regimiento de España, al regimiento de la plaza, un piquete de voluntarios al mando del capitán don Miguel Pedrol y 250 infantes de Marina al mando del teniente de navío don Manuel Moreno. Los británicos habían introducido al navío apresado Galicia para utilizarlo como batería flotante contra la fortaleza.

         A las dos de la mañana del 20 de abril se prepararon para el ataque en dos columnas con un total de cuatro mil hombres. Comenzó el ataque a las tres de la mañana al mando del general Guise. Las tropas al mando del coronel Wynyard, que dirigía la columna de la derecha, se extraviaron a causa de la oscuridad y se desvió al centro, donde el terreno era más escarpado. A este contratiempo, se añadió la falta de escalas al haberlas tirado los americanos que las llevaban para coger sus fusiles. Cuando llegaron a la muralla se dieron cuenta que las pocas escalas que tenían eran cortas, mientras los españoles disparaban contra los británicos. El ataque de la otra columna también fracasó al caer herido el coronel Grant y muerto el guía que la conducía, deteniendo el avance el segundo al mando sin saber que hacer. El general Wenworth envió 500 hombres para continuar el ataque o apoyar la retirada. Los británicos se retiran a su campamento perseguidos por los españoles, que a la bayoneta mataron a muchos enemigos. Según los propios británicos tuvieron en este fracasado ataque 170 muertos, 459 heridos y 10 prisioneros.

         Los británicos, con el envío de un tambor con bandera blanca, pidieron una tregua para recoger a los muertos y heridos. El virrey Eslava les concedió los primeros, pero los heridos quedaron prisioneros, puesto que en el interior de la plaza había ya más de mil y estaban bien atendidos. Durante todo el día continuó la tregua, pero al anochecer se reanudó el cañoneo británico y continuó durante el 21 de abril hasta las tres de la tarde, cuando otro parlamentario británico con bandera blanca pidió un canje de prisioneros. Eslava accedió a ello, fijándose la fecha de ese canje para el 30 de abril.

         Pasaron varios días donde los británicos no dejaron de bombardear las posiciones españolas, aunque sin avanzar un palmo de terreno. Del navío Weymouth se desembarcó el 25 de abril dos morteros, aunque sus disparos eran poco efectivos por la lejanía. Ese mismo día se celebró otro consejo de guerra a bordo del navío Princess Carolina. Hubo debates agrios, decidiéndose reembarcar las tropas y la artillería lo más rápidamente posible. Vernon, decide realizar un último intento de tomar la plaza, aunque sería más lógico pensar en la intención del británico en humillar al propio Blas de Lezo. El 26 de abril se acerca a la plaza el navío Galicia, al mando del capitán Hore y armado con 16 cañones de a 18 y 12 libras. El navío quedó varado antes de acercarse lo suficiente para que su fuego fuese efectivo, siendo este navío cañoneado desde las cinco de la mañana hasta el mediodía, momento en que Vernon ordena su retirada. Los 56 impactos que recibió a ras de agua provocaron su hundimiento, causando 6 muertos y 56 heridos a bordo, según los británicos.

         El 30 de abril se realizó el canje de prisioneros. Uno de los liberados era el alférez de ingenieros Ordigoisti, que comunicó a Eslava las pérdidas sufridas por los británicos. Eran 700 las bajas en los combates en torno a Bocachica y 1.500 bajas en el ataque a San Felipe de Barajas, a los que había que añadir otras 2.500 bajas por las enfermedades (36). Las pérdidas españolas no habían superados los 200 muertos. También informó a Eslava, que Vernon proyectó un segundo ataque a San Felipe, pero las tropas británicas se negaron a obedecer a sus oficiales, siendo fusilados más de 50 soldados.

         Entre los días 1 al 5 de mayo estuvieron los británicos recuperando arboladuras, anclas y otros efectos necesarios para su partida. También se dedicaron a destruir y arrasar los castillos, fuertes y baterías capturadas. Quemaron los restos del Galicia y otros cinco buques británicos que se encontraban muy dañados, además de la falta de hombres para tripularlos. La maniobra de la salida de la escuadra duró hasta el 20 de mayo, poniendo rumbo a Jamaica.

         Hasta aquí, de forma resumida, las operaciones de ataque y defensa de Cartagena de Indias. Los británicos habían fracasado, pero, como siempre, trataron de justificar este fracaso con afirmaciones tan rocambolescas como el buen estado de defensa de la plaza y que hubieran sido necesarios hasta cuarenta mil hombres para doblegarla, o la otra que dice que los británicos no tuvieron en cuenta su desproporción. También se menciona que la retirada de Vernon fue causada por las bajas a causa de las enfermedades, lo cual no deja de ser cierto dada la gran mortandad por esta causa, pero muy pocos mencionan las bajas por la defensa española, sin olvidar que esas enfermedades llegaron al permanecer los británicos un tiempo excesivo en aquellos parajes, provocado por la tenaz resistencia española. Seguramente no sabremos nunca las bajas reales británicas y menos cuales fueron a causa de las enfermedades o en los combates. Hasta ahora se han manejado las cifras de 4.000 a 5.000, pero muchos afirman que pudo llegar a 9.000.

         Muy pocos conocieron en Inglaterra la proporción del desastre del ataque a Cartagena. Las primeras noticias se extendieron en Londres en el mes de julio. Se omitían muchas circunstancias de la retirada de Vernon, sobre todo el gran número de bajas. Ante el secreto y la falta de información veraz, comenzaron a circular en diferentes publicaciones las sospechas del verdadero alcance de la retirada de Cartagena, incluso comenzaron a cuestionarse las informaciones dadas por la Corte y el Parlamento sobre las causas del desastre. Dio lugar al mutismo total y a resaltar la victoria sobre Portobelo, haciendo olvidar con el tiempo la campaña de Cartagena.

         Una causa de la derrota británica más extendida fueron las desavenencias entre Vernon y Wenworth, pero muchos olvidan las discrepancias de opinión entre el virrey Sebastián de Eslava y Blas de Lezo. El altivo marino, acostumbrado a mandar sus barcos tuvo que poner a disposición del ejército sus cañones y tropas,  pero aun de esta forma siguió mandando a la marinería, dejando en muchas ocasiones en ridículo al virrey con sus acertadas decisiones. También Eslava tenía enemistades con el gobernador don Melchor de Navarrete, que había sustituido por defunción del anterior don Pedro Hidalgo. La opinión que tenía Navarrete del virrey no tiene desperdicio: “no es capaz de servir la vara de alcalde del pueblo más insignificante de España”.

         Lo peor llegó cuando Vernon ya se había marchado. Una semana después escribió el virrey a Madrid, al secretario de Indias don José de la Quintana, informando que don Blas de Lezo era un farsante y se vería obligado a restituirlo a España si no lo sacaban de Cartagena; “Lezo es poco veraz, tiene achaques de escritor, está lleno de apariencias como solícito de coloridos para ostentar servicios”, sin valor en el combate, pues abandonó Bocachica desde que llegaron los ingleses, y mientras, por lo menos él, se acercaba al castillo de San Luis prudentemente a llevar municiones, Lezo no se atrevía a moverse del barco, bien adentro de la bahía. Que la vanagloria de Lezo de haber estado en Bocachica se reduce a haber prestado los cañones de sus barcos para el fuerte, pero nada más, y que la famosa herida recibida en combate fue estando él a su lado, cuando una bala muy perdida hizo saltar astillas en el puente, pero que apenas fueron rasguños. Además, que tenía sus barcos tan mal preparados que en vez de apoyar al fuerte de San Luis, tuvieron que sacar municiones del castillo para pasarla a los barcos a fin de que  siquiera hicieran algún intento de disparo.

        Todo el interés de Lezo estaba en hundir sus navíos para que no cayeran en poder del enemigo y resultase él responsable (“tan seguro estaba de la derrota”), y pretender tapar con los cascos hundidos los canales por donde Vernon tendré que meter sus barcos; pero esto lo hizo con tanta cobardía que hundieron todos los barcos mal, no sólo los suyos, sino que hizo hundir además nueve barcos mercantes que había en el puerto, y semejante ruina no sirvió para nada, porque los que debían desfondarlos los abandonaron antes de tiempo y así los buques no se hundieron donde debían sino donde el viento les llevó, de manera que ninguno estorbó para nada la entrada de Vernon, quien llegó con sus barcos hasta la misma bahía de las Ánimas, el puerto de la ciudad. Así, continuaba Eslava, la flota española fue hundida sin disparar apenas un tiro, y además resultó inútil, y no puede alegarse que los barcos estuvieran desartillados, puesto que, tras la batalla, él ha sacado nada menos que noventa cañones de los barcos semihundidos, el Dragón y el Conquistador. Lezo incluso ordenó hundir su propio buque insignia, La Galicia, y para ello le pusieron una mecha que haría explotar la “santa bárbara”, pero esta mecha fue tan larga para poder huir antes de la explosión que a los ingleses les dio tiempo de subir al barco y apagarla, con lo que se quedaron con el mejor navío, desde el que estuvieron bombardeando la ciudad, arruinando buena parte de la techumbre de la catedral y varias casas y conventos. Que Lezo no fue capaz ni de volar el polvorín del Fuerte de San José antes de que cayera en manos inglesas, pues los que debían volarlo fueron apresados, quedándose éstos con toda la munición (37). A pesar de esto, los españoles rechazaron a los británicos. Por tanto, las causas de la retirada y derrota no fueron otras que una mala planificación de la campaña y la tenaz resistencia española.

Guantánamo (Cuba). 1741

         El servicio en aguas tropicales y las bajas por combate y enfermedades habían pasado factura a la escuadra británica. Ordena Vernon que parte de su escuadra zarpe rumbo a Inglaterra al mando de Richard Lestock,. Son once navíos y cinco buques menores (Hampton Court, Burford, Windsor Castle, Princess Carolina, Princess Amelia, Russell, Norfolk, Shrewsbury, Torbay, Chichester, Falmouth, Cumberland, Success, Eleanor, Terrible y Goodley) que zarpan de Port Royal el 6 de julio. Vernon pasa su insigna al navío Boyne. A primeros de junio de 1741 se celebra un consejo de guerra para determinar las futuras operaciones. Vernon estaba decidido a hacer olvidar su anterior fracaso en Cartagena de Indias y quiso dar un golpe donde menos se esperaran los españoles. El objetivo elegido era Santiago de Cuba, puerto de gran importancia para la seguridad del comercio británico. Todos estuvieron de acuerdo excepto el gobernador Trelawny, para el que era más importante seguir con los antiguos objetivos de dañar el comercio atacando el istmo de Panamá. Pero la conquista de Cuba sería el lanzamiento definitivo de Vernon, y Santiago estaría menos defendida que La Habana, cuyo puerto era el preferido por el gobierno británico para lanzar un ataque, pero allí se encontraba la escuadra de Torres, y Vernon decide atacar por la plaza menos defendida de Santiago de Cuba.

         La invasión de la isla Cuba fracasó antes de comenzar, había demasiados intereses personales, políticos y económicos que enturbiaron las operaciones militares. El gobernador de Jamaica, Trelawny, que hablaba en nombre de los plantadores de su isla, no deseaba nuevas colonias azucareras que compitieran con ellos, por lo que trató de evitar la invasión de Cuba. Por otro lado estaban los británicos de las Trece Colonias que codiciaban nuevas tierras. El gobernador de Massachussets, Shirley, estaba ofreciendo tierras cubanas a fututos colonizadores. Por último, el nulo entendimiento entre Vernon y Wentworth no presagiaba que la empresa llegara a feliz término.

         A primeros de julio zarpa de Port Royal el navío Rippon, al mando del capitán James Rentone, que había sustituido a Jolly por fallecimiento de éste en el mes de mayo. Su misión era reconocer las defensas españolas. Cinco días después, el 11 de julio, zarpa de Port Royal la escuadra de Vernon con nueve navíos (Boyne, Cumberland, Grafton, Kent, Worcester, Tilbury, Chester, Montagu y Tyger), tres fragatas (Shoreham, Experiment y Sheerness), tres brulotes, una bombarda, dos balandras, dos buques hospital y un tender. Había embarcado en cuarenta transportes pertrechos y unos 4.000 hombres al mando del general Wentworth, presentándose el 18 de julio en la bahía de Guatánamo, que Vernon cambió por el nombre de Cumberland Harbour. En Port Royal quedaron al mando del capitán Thomas Davers los navíos Suffolk, Strafford, Dunkirk, Bristol, Litchfield y el brulote Vulcan para proteger el tráfico. Otros tres navíos, York, Augusta y Deptford, estaban en puerto abasteciéndose, con órdenes de Vernon para que se le unieran lo antes posible. Después de desembarco, dispuso el general Wentworth la marcha hacia Santiago de Cuba, distante unos 140 kilómetros. Durante su marcha fueron continuamente hostilizados, primero por pequeñas partidas, después por tropas veteranas llegadas en mayor número desde Santiago y mandadas por el coronel don Cagigal de la Vega y otros lugares como Bayano, Puerto Príncipe y otras poblaciones. Después de haber perdido a la mitad de sus hombres, sobre todo por las enfermedades, el general Wentworth ordenó la retirada y que reembarcaran las tropas, que se produjo a finales de noviembre. Los transportes regresaron a Jamaica, perdiéndose tres de ellos en un naufragio, mientras Vernon queda en alta mar en espera de la llegada de un convoy con 2.000 hombres de refuerzo.

         Mientras las tropas intentaban llegar a Santiago y después a La Habana, Vernon fue con su escuadra a bloquear el puerto de Santiago de Cuba para impedir la llegada de refuerzos por mar, mientras otra parte de la escuadra vigilaba la posible salida de la escuadra de Torres. Pero la escuadra española surta en La Habana, aprovechó la ocasión para realizar travesía hasta Santander escoltando a los galeones con los caudales, regresando a La Habana sin novedad. Las noticias de este nuevo fracaso preocupó en las altas esferas británicas, que no comprendían cómo se había decidido atacar la insignificante plaza de Santiago de Cuba en vez de neutralizar y destruir la escuadra española atacando La Habana, corazón de la isla de Cuba. Era lógica la preocupación e indignación del gabinete británico. En las fracasadas operaciones de Vernon se habían perdido entre 15.000 y 20.000 hombres y los reclutamientos en la metrópoli eran continuos, sin olvidar que el comercio había disminuido considerablemente por la acción de los corsarios españoles y no se había conquistado y explotado ningún territorio que cambiara esta balanza negativa.
Portobelo. 1742

         A finales de enero de 1742 un convoy de tropas, con dos mil hombres, llegó a Jamaica desde puertos británicos, escoltado por los navíos de 50 cañones Greenwich, capitán Allen, y St. Albans, capitán Knight, y la fragata Fox, artillada con 20 cañones. Con estos nuevos refuerzos se determinó atacar de nuevo Portobelo, con la firme determinación de cruzar el istmo de Darien y atacar la ciudad de Panamá. Para ello contaban con el teniente Lowther, conocedor de aquellas tierras por haber sido un antiguo bucanero.

         Hasta finales de marzo las tropas para esta expedición no embarcaron. Mientras tanto el teniente Lowther es enviado a la costa de los Mosquitos en la balandra Triton, escoltada por la fragata Experiment, al mando del capitán Henry Denis. Debía recopilar información sobre la costa y contactar con los nativos. Mientras tanto, Vernon, impaciente por el retraso de los preparativos, realiza patrullas por la costa de Cartagena para averiguar el estado de defensa de la plaza y conocer si ha realizado nuevos defensas.

         Eran 3.000 soldados regulares y 500 tropas negras, auxiliados por 400 indios mosquitos. La escuadra, con 10 navíos (Boyne, Cumberland, Kent, Orford, Worcester, Defiance, York, Montagu, St. Albans y Greenwich), tres brulotes y dos buques hospital, zarpa de Port Royal y llega a Portobelo el 10 de abril, ocupando la ciudad sin la oposición española, indefensa desde su destrucción en 1739. Las tropas, 3000 soldados regulares, 500 negros y 400 indios mosquitos, habían llegado a bordo de 40 transportes, estando presente como coronel el gobernador de Jamaica Trelawny. Dos días después, habiendo desembarcados todas las tropas, celebran un consejo de guerra. Les había llegado información por la cual la ciudad de Panamá había sido muy reforzada y disponía de más tropas de las previstas, mientras que la escuadra de Anson había fracasado en su objetivo de atacar Panamá. Después de muchas disputas y controversias entre los mandos de la marina y el ejército, las tropas británicas embarcan de nuevo a mediados de abril, llegando a Jamaica a finales de mayo (38). Además de esta operación, se había previsto que el Montagu, al mando del capitán William Chambers, se reuniera con el Experiment y el Triton para realizar un desembarco en la bahía de San Blas, siendo esta operación también abortada.
Otras operaciones navales en 1742

         En el mes de agosto, Vernon despachó desde Jamaica a un pequeño destacamento de tropas con el navío Litchfield y la goleta Bonetta, mandados por los capitanes James Causack y William Lee. Debían ocupar la isla de Roatán, en la bahía de Honduras. Esta fue la única operación realizada con éxito por los británicos durante todo el año.

         La enemistad entre Vernon y el general Wentworth llegó hasta tal punto que se hizo evidente que había que zanjarla para que no interfiriera negativamente en el desarrollo de las operaciones. En el mes de septiembre llegó a Port Royal la fragata Gibraltar, al mando del capitán Thorpe Fowke. Traía órdenes para que el vicealmirante y el general regresaran a Europa. Vernon zarpó en el Boyne a primeros de noviembre y llegó a Inglaterra con el navío Princess Royal. Poco después salió el general rumbo a Europa con parte de sus tropas en los navíos Defiance y Worcester. El contralmirante Chaloner Ogle era el nuevo responsable de la escuadra británica y de las operaciones en el Caribe a partir de febrero de 1743. Vernon fue recibido como un héroe, aclamado por el pueblo y con repique de campanas.

         El navío británico de 50 cañones Tyger, al mando del capitán Edward Herbert, encalló en uno de los cayos cerca de la isla de Tortuga, salvándose la tripulación. En tierra montaron una batería con 20 cañones y se prepararon para la defensa. Con sus botes consiguen abordar y capturar una balandra y una goleta españolas, consiguiendo regresar a Jamaica dos meses después. Desde La Habana se había enviado al navío Fuerte para capturarlos, pero tuvo que regresar a puerto para reparar los daños ocasionados por una turbonada (39).

         La Armada Real española, ante la falta de buques de guerra y las muchas comisiones a las que atender, tuvo que echar mano de lo que pudo, utilizando en muchas ocasiones a buques mercantes como escoltas de convoyes, y nada mejor para ello que la Compañía Guipuzcoana de Caracas. En varias ocasiones fueron sus buques y hombres los utilizados para llevar tropas y pertrechos allí donde se necesitaban. Después de rechazar a la escuadra de Vernon, la plaza de Cartagena de Indias debía ser reforzada con tropas y diverso material militar. La Compañía firmó un asiento con la corona para el traslado de tropas y pertrechos a Cartagena con cuatro buques, el navío San Ignacio, de 50 cañones, las fragatas San Joaquín y San Sebastián, de 30 y la fragata San Antonio, armada con 12 cañones. En el contrato se estipulaba que debían llegar hasta La Guaira y el transporte hasta Cartagena de Indias sería realizado por otros cinco buques que saldrían desde El Ferrol para tal efecto. En caso de que estas naves no llegaran a tiempo o fuesen capturadas, la Compañía tendría dispuestas varias naves para realizar este traslado. Posteriormente se añadió al convoy el navío de 50 cañones Nuestra Señora del Coro, para cargar más material y víveres y servir de escolta al convoy, puesto que este navío sí que realizaría la travesía completa hasta Cartagena de Indias. Las tropas embarcadas correspondían al regimiento de dragones de Almansa, 520 hombres al mando del coronel don Alonso de Arcos y Moreno y 600 hombres de seis compañías del regimiento de infantería de Portugal al mando de don Francisco Villavicencio (40).

         A finales de noviembre de 1741 estaba todo listo en Pasajes, pero debido a retrasos y a los temporales, el convoy no pudo zarpar hasta la noche del 12 de febrero de 1742. El convoy estaba al mando del capitán de fragata don José de Iturriaga. Nuevos temporales en el mar Cantábrico obligan a entrar en Guetaria el 16 de febrero al navío Coro y a la fragata San Joaquín, y dos días después a la fragata San Sebastián, mientras la San Antonio se refugia en el puerto de Pasajes. En cambio, el navío San Ignacio, al mando del capitán Julián Bautista de Goicoechea, desobedece las órdenes y continúa su travesía a América en solitario. Reunidos los cuatro buques del convoy, zarpan de Guetaria el 23 de febrero. La fragata San Antonio se separa del convoy el día 28 y no se vuelve a saber de ella hasta su llegada a América. A cierta altura de la navegación, los comandantes abren los pliegos donde se les ordena cambiar la ruta. Debían dirigirse a la isla de Cuba, donde había peligro de invasión del enemigo. A ocho leguas de la isla Anegada es avistado el convoy el 12 de abril por tres buques británicos, dos fragatas y una balandra. Al acercarse los enemigos, los españoles observaron que se trataba de una fragata de 50 cañones y otra de 30. Eran las fragatas británicas Eltham, armada con 44 cañones, y Lively, al mando de los comandantes Edward Smith y Henry Stewart. A bordo del navío Coro se realizó una junta, donde se decide combatir al no poder abandonar a la fragata San Sebastián, el buque más lento y menos velero del convoy. Comenzó el cañoneo a las nueve de la mañana hasta que los británicos se retiraron al mediodía, manteniéndose a barlovento y a gran distancia. A las tres de la tarde se acercaron y reanudaron el combate, retirándose de nuevo a las siete y media ante la defensa tenaz de los tres buques españoles. En el combate quedó herido de gravedad el mariscal de campo don Joaquín de Aranda, gobernador electo de Cartagena de Indias, al llevarse un brazo una bala de cañón, muriendo una hora después a bordo del Coro. Hubo otros dos muertos y siete heridos, desconociéndose las bajas británicas en los dos combates. Al día siguiente amaneció con las dos fragatas enemigas a barlovento y a distancia de dos tiros de cañón, pero ya no reanudarían el combate, sin duda escarmentados del castigo del día anterior.

         El 16 de abril llegaron a San Juan de Puerto Rico. El primero en entrar en puerto fue el navío Nuestra Señora del Coro y después la fragata San Joaquín, con gran dificultad por los fuertes vientos. Cuando iba a hacerlo la fragata San Sebastián calmaron los vientos y las olas y corrientes la arrastraron a tierra. Los botes y lanchas de los otros buques la liberaron y metieron en puerto. Perecieron un teniente, trece soldados y dos marineros al lanzarse al agua. Ya en puerto, reciben la noticia de la pérdida el 30 de marzo en isla Anegada del navío San Ignacio. Había naufragado por las fuertes corrientes, la sobrecarga (41) y la impericia de su comandante, provocando la pérdida de unos 200 hombres, incluidos varios oficiales y el comandante Villavicencio. El resto del convoy tuvo que auxiliar a los náufragos que habían quedado en isla Anegada, recogiendo a 89 tripulantes, mientras que otros cayeron prisioneros de los británicos.

         Poco antes de entrar en San Juan de Puerto Rico, el convoy de la Compañía captura un paquebote británico de 200 toneladas cargado con pertrechos navales, entre ellos palos y tablas, que son empleados en las reparaciones de las tres naves. Reparados y abastecidos, los buques del capitán Iturriaga zarpan el 20 de julio y llegan a Santiago de Cuba el día 27, donde se reúnen con la fragata San Antonio. Desembarcadas las tropas, municiones y pertrechos que llevaban para la plaza, se hacen a la vela el día 6 de septiembre y entran en La Habana el 20. Después realizar nuevas reparaciones y algunas comisiones zarpan el 22 de octubre rumbo a Puerto Rico. Habiendo realizado nuevas comisiones en estas aguas, zarpan rumbo al sur y entran en Puerto Cabello el 7 de diciembre. Habían llegado con cinco buques, pues se les había unido el paquebote británico capturado, armado como fragata de 16 cañones y bautizada San Francisco Javier, alias La Presa pasando a realizar servicios para la Compañía. Los pertrechos y tropas destinados a Cartagena de Indias son trasbordados a una goleta y a una balandra de la Armada que, escoltados por la fragata Santa Teresa de la Compañía, llegan a Cartagena días después (42). Varias fuentes británicas mencionan este combate, pero ninguno da una cifra de bajas británicas, aunque Beatson (43) dice que fueron severas. También menciona este historiador que las dos fragatas británicas no pudieron capturar al convoy español por la llegada de la noche. El capitán de fragata Iturriaga estuvo varias veces a punto de rendirse, siendo evitado por un oficial irlandés de infantería y estima las bajas españolas del combate entre 600 y 700 muertos y heridos. Yo me pregunto qué oficial irlandés era, pues Beatson no cita el nombre, y que autoridad podía tener sobre el resto de oficiales de la Armada en una supuesta junta de oficiales para tratar de la rendición. También es curioso el abultado número de bajas en combate. Los tres buques del convoy llevaban a bordo entre 800 y 1000 hombres, entre dotación y tropas embarcadas.

         El 1º de octubre de 1742 se perdió el navío de 60 cañones Tilbury en la costa de Santo Domingo, estando al mando del capitán Peter Lawrence. La causa fue un pavoroso incendio provocado por una pelea entre borrachos, perdiendo en el naufragio más de cien muertos.

         Hubo otros muchos sucesos relevantes, como los relacionados con la escuadra española en La Habana, que ni mucho menos estuvo ociosa. Mantuvo las comunicaciones libres entre Veracruz y La Habana y destacó a muchas embarcaciones para batir a los británicos, sobre todo a los corsarios. Uno de los marinos más destacados fue el capitán de fragata don Luis Vicente de Velasco. Al mando de una fragata de 30 cañones (44) navegaba en junio de 1742 de La Habana a Matanzas, encontrándose con una fragata británica y un bergantín más alejado. Velasco decide atacar a la fragata enemiga antes de que llegada el bergantín para prestarla apoyo. Durante dos horas se estuvieron cañoneando las dos fragatas y Velasco y sus hombres la rindieron al tomarla en abordaje. La fragata de Velasco había recibido pocos daños y fue a la caza del bergantín, que se rindió al recibir dos cañonazos en la línea de flotación y comenzaba a hundirse, izando la bandera de auxilio. Las lanchas españolas salvaron a la tripulación, mientras otros hombres reparaban los daños del bergantín, siendo los dos buques llevados a remolque a La Habana.

         También es de destacar las acciones del teniente de navío don Luis Gijón, que en el canal de Bahama hundió a dos fragatas y a un bergantín británico, o a don Pedro de Garaicoechea, que al mando de la fragata Galga consiguió muchas capturas.
La Guaira. Marzo 1743

         El contralmirante Ogle decide asestar un duro golpe al comercio español atacando el puerto de La Guaira, deseoso de inaugurar su mandato con éxito. Ordena al comodoro Charles Knowles ponerse al mando de una escuadra compuesta por 5 navíos, 4 fragatas y 12 buques menores (45). El comodoro Knowles se dirige a la isla de Antigua para incorporar a su escuadra más buques y 400 soldados. El 15 de febrero zarpa rumbo a su objetivo y se presenta el 2 de marzo frente a La Guaira. Sus órdenes eran “librar a sus habitantes de la tiranía de la Compañía Española Guipuzcoana”. Si bien todo monopolio tiende a ser tiránico e injusto, no menos tiránico eran los métodos de la Compañía de las Indias británica.

         La plaza estaba bien defendida por el comandante de su guarnición, el capitán don Mateo Gual y Pueyo, que tenía dispuestos 94 cañones. A las seis de la mañana del 2 de marzo se hicieron dos disparos desde el baluarte de La Caleta, seguidos por otros de los castillos de Torrequemada, La Venta, La Cumbre, El Castillito y el Fortín de la Puerta de Caracas, anunciado la presencia enemiga. Se organizaron a la guarnición (46), milicias, voluntarios y los hombres de la Compañía Guipuzcoana con el capitán de fragata don José de Iturriaga y Aguirre al frente. A las diez de la mañana comenzó el cañoneo contra la plaza, que causó serios destrozos en casas, cuarteles y depósitos del puerto (47). Knowles envió varias lanchas para abordar y capturar o quemar a tres naves españolas que estaban en el puerto. El fuego español causó mucha confusión en las lanchas y tuvieron que desistir de su empeño. Los españoles rompieron el cable del Burford, yéndose sobre el Norwich y la fragata Eltham, que tuvieron que abandonar la línea, siendo arrastrados a sotavento por las corrientes. Esa madrugada llegó el gobernador de la provincia de Caracas, el teniente general don Gabriel José de Zuloaga, con diez compañías. Aunque se había rechazado lo más duro del ataque, siguieron tres días más de bombardeos por ambas partes. Una de las bombas incendiarias cayó en un edificio cuyo almacén tenía depositados cien quintales de pólvora y otras bombas provocaron graves daños en los fuertes, momentos en los que la victoria británica parecía asegurada.

         Cuatro días después de comenzar el ataque, Knowles ordena retirarse, llegando a Cucacao el 6 de marzo sin haber doblegado las defensas de La Guaira. Sus daños eran muy graves, el Burford recibió 78 impactos, tuvo 24 muertos, entre los que se encontraba su comandante Lushington, y 50 heridos, el Assistance recibió 41 impactos, tuvo 13 muertos y 71 heridos, el Suffolk otros 34 muertos y 80 heridos, habiendo recibido 97 impactos en el casco, el Advice tuvo 10 impactos, 7 muertos y 15 heridos, el Norwich 7 impactos, 1 muerto y 11 heridos, la fragata Elthan tuvo 70 bajas, 14 muertos, 55 heridos y recibió 44 impactos, la Lively 10 impactos, 7 muertos y 44 heridos, y el Scarborough recibió 3 impactos y sólo 2 heridos. Ante semejantes bajas, unos 600 hombres en total, los británicos no volverían a combatir en este puerto. Los propios británicos admitieron haber perdido a un teniente, 92 muertos y 300 heridos, además del fallecimiento poco después del comandante del Burford a causa de las heridas, mientras que las bajas españolas las estiman en 700 hombres, la ciudad en ruinas y las fortalezas gravemente dañadas, lo que tampoco es de extrañar demasiado al haber arrojado la escuadra británica más de nueve mil bombas.
Puerto Cabello. Abril 1743

         Reparados los daños, y con el refuerzo de 200 voluntarios holandeses, el comodoro Knowles intentó un nuevo ataque, esta vez sobre la plaza de Puerto Cabello. Zarpó de Curacao el 20 de marzo y llegó ante Puerto Cabello el 15 de abril. Este retraso en su llegada es provocado por las corrientes contrarias y por las nuevas tripulaciones holandesas, a las cuales había que adiestrar. A las cinco de la tarde del 26 de abril comenzó el fuego británico. Una bombarda disparó contra la fortaleza de San Felipe, mientras los navíos lo hacían contra los buques de la Compañía Guipuzcoana, el navío Nuestra Señora del Coro y la fragata San Sebastián. Además de la artillería apostada en el fuerte de San Felipe se habían instalado varias baterías con otros 52 cañones para la protección de lugares estratégicos.

         Al amanecer del 27 de abril bombardearon los británicos el fuerte San Felipe, consiguiendo desmontar varias piezas. Ese mismo día y hasta el anochecer se acercan las fragatas Eltham y Lively para acallar las baterías, desembarcando en la oscuridad, en el paraje llamado Carraca Vieja, entre Punta Brava y Borburata, unos mil doscientos hombres, siendo rechazados por los 10 cañones de la batería de Punta Brava y los hombres al mando del capitán de navío don Martín de Sansinea, de la Compañía Guipuzcoana, los cuales consiguen hacer varios prisioneros. Los británicos se apoderan de las islas de Ratones y Borburata, donde instalan baterías de morteros, cuyos disparos no consiguen daños de consideración, siendo retirados días más tarde, mientras las bombardas castigan las baterías de Guadalupe y La Concepción. El día 29 de abril desembarcan un oficial y cuarenta hombres para hacer trincheras, desde las cuales disparaban a las líneas españolas. Dos lanchas de la Compañía con gente al mando del capitán de infantería don Manuel de Ágreda salieron a reconocer esta nueva posición enemiga. Cumplida la misión de expulsar a los británicos, regresaron a la fragata.

         El 2 de mayo reconoció la situación el gobernador don Gabriel de Zuloaga, realizando una navegación dentro de la bahía a bordo del navío Coro. A las dos de la tarde del 5 de mayo comenzó un ataque general británico. Habiendo destruido los días anteriores la mayor parte de las baterías, se acercó la escuadra a tiro de fusil del fuerte San Felipe para forzar la entrada al puerto, dando cobertura a numerosas lanchas y botes que se acercaban para realizar un desembarco. Para evitar la entrada había ordenado Zuloaga hundir al buque La Isabel. Los artilleros españoles consiguen averiar gravemente a dos de los navíos, cesando en ese momento la brisa que hasta ahora había ayudado a los buques enemigos, convirtiéndose en blancos casi seguros. A las ocho y media de la tarde los británicos deciden retirarse con mucho trabajo por falta de viento, momento aprovechado por los artilleros españoles para causarles graves daños, dejando cadáveres, restos de jarcias y aparejos. El capitán Gregory, que mandaba el Norwich, tuvo que ser destituido por Knowles y sustituido por el capitán Henry Stuart porque se negaba a acercarse a los cañones españoles.

         Al amanecer del día 6 continuaba la escuadra a la vista pero fuera de tiro de la fortaleza. A las nueve de la mañana se movió de la escuadra a barlovento, a excepción de uno de los navíos que se sotaventó hasta estar al alcance de los cañones, y estando inmóvil e imposibilitado se le acercaron muchas lanchas y botes que lo remolcaron. Esa misma tarde se incorporó a la escuadra el navío Advine, que se había separado tres días después de zarpar de Curacao. El 7 de abril, al abrigo de la isla de Rotones, bombardeó la escuadra a los buques españoles que estaban en el puerto entre las ocho y las diez de la mañana. Poco después se acercó un bote con bandera blanca a Punta Brava para tratar el canje de prisioneros, manteniendo las conversaciones hasta el día 10. Dos días después desaparece la escuadra del comodoro Knowles, que pone rumbo a Jamaica. Según don Gabriel de Zuloaga, las bajas británicas fueron 2.000, cifra excesiva y abultada, siendo más segura la cifra de 200, mientras las españolas fueron de 30 muertos y 60 heridos, entre ellos los oficiales de la Compañía Guipuzcoana don Antonio de Ébora, don José de Ugalde, don Pedro Guruchaga y don Jerónimo Martituvaris, muriendo los tres primeros a causa de las heridas. Los dos buques de la Compañía, Nuestra Señora del Coro y San Sebastián, quedaron tan mal parados por los bombardeos que tuvieron que ser desguazados.

Navío español combatiendo contra otro británico

         Aunque se sale del límite geográfico que me he marcado, merece recordar la defensa que hizo una población española ante un ataque británico al otro lado del Atlántico. El 30 de mayo de 1743 aparecen varias velas en la isla de la Gomera. Al tener pabellón francés entran en el puerto y fondean el 31 de mayo. Arrían la francesa y arbolan pabellón británico, pues se trataba de los navíos Monmouth, de 64 cañones al mando del capitán Charles Windham, Medway, de 60 cañones y al mando del capitán Cockburn, y una fragata de 20 cañones. Comienzan a disparan cañonazos sobre la ciudad de San Sebastián de la Gomera y sus fuertes desde las dos de la tarde hasta el anochecer. Al día siguiente 1º de junio, reanuda el bombardeo desde el amanecer hasta las diez de la mañana, momento en que el capitán Windham manda en un bote una carta para el capitán de las milicias de la ciudad, que era el capitán don Diego Bueno de Acosta. En esa carta le pide que entregue los fuertes y abastezca a su escuadra con agua y víveres. Si no lo hacía, el británico amenazaba con reducir la ciudad a cenizas. Con la negativa del capitán de milicias, los británicos preparan los botes para realizar un desembarco. Las tropas no consiguen pasar de la playa y tienen que regresar a sus buques ante la furiosa defensa de las milicias y voluntarios de la isla. Windham opta por hacerse a la mar.

         Buscando en las fuentes los datos más exactos de lo ocurrido es curioso que en ninguno de habla inglesa menciona ninguna derrota, simplemente dicen que se hizo a la mar al desestimar la ocupación de la plaza por parecerle a Windham impracticable (no mencionan el por qué), después de arrasar sus fuertes y destruir gran parte de la población, sin olvidar que durante su crucero posterior capturó algunos corsarios españoles. Por el contrario, fuentes españolas, la mayoría basadas en la Gaceta de Madrid, mencionan el relato ya expuesto, que los 5.000 disparos efectuados por el enemigo dañaron los fuertes, causaron sólo tres muertos, sin mencionar los heridos y que los daños a los buques fueron mínimos por el escaso calibre de los cañones españoles (48). Según lo escrito ¿Quién tiene más credibilidad?. Parece que los británicos sólo fueron a realizar una operación de castigo, pero no puede obviar que la isla Gomera y su puerto de San Sebastián fue codiciado durante siglos por su situación estratégica, siendo atacado por los piratas Jean Capdevila en 1571, derrotados Francis Drake en 1585 y Pieter Van der Does en 1599, y en 1618 atacado por Tabac Arráez.
La guerra en Florida y Georgia

         En esta guerra hubo también rivalidades territoriales entre las dos naciones, principalmente la Florida. Aunque fue un escenario menor para los británicos pues la causa principal de la guerra era la libertad de navegación, para los españoles era una cuestión primordial. Los británicos habían intentado varios siglos antes ocupar la costa, sobre todo San Agustín, en posesión española desde 1565. Esta posesión garantizaba el control de la navegación del canal de Bahama, vital para la llegada de las flotas a la Península. Las continuas luchas entre ingleses y españoles durante años favoreció finalmente a los primeros cuando se establecieron definitivamente en Charlestown en 1670. Ese mismo año se firmó un tratado donde España reconocía ese establecimiento inglés, pero no acabó con las pretensiones inglesas, que siguieron haciendo incursiones aprovechando la debilidad española, llegando a fundar una nueva colonia en 1732, Georgia.

         El gobernador James Oglethorpe potenció la agresividad contra los españoles desde la nueva colonia. Desde su creación hasta 1739, Oglethorpe construyó innumerables fortificaciones, muchas de ellas donde antes existían misiones franciscanas. Muchos de los puestos se encontraban fuera de los límites de Georgia establecidos en 1732, pero las protestas españolas en Londres sólo obtienen promesas que luego no se cumplían.

         La situación cambió con la llegada de José Patiño cuando en septiembre de 1735 ordena averiguar los verdaderos límites de Georgia y se toma desde entonces una actitud más beligerante ante los atropellos cometidos por los británicos. Incluso se realizan planes ilusorios para atacarla colonia desde Florida, sabiendo que carecen los las tropas y armas necesarias para ello. El gobernador de Florida don Francisco Moral Sánchez comienza en septiembre de 1736 unas conversaciones con el gobernador Oglethorpe. Aprueban que los británicos se retiren del fuerte construido en la isla de San Juan, llamado St. George, y la frontera se establece en el río San Juan. El gobernador es desautorizado desde Madrid y España, ante la crisis y la nueva guerra que se avecina, se muestra beligerante. Pero sobre el terreno, el gobernador Moral y su sucesor Manuel de Montiano sabían que una guerra en Florida estaba irremisiblemente perdida si no se recibían refuerzos, mucho menos un ataque a Georgia. Se había ordenado al gobernador de La Habana preparar una expedición, pero Montiano recomienda suspender los preparativos de ese ataque y que se fortalezcan las defensas de San Agustín y de San Marcos de Apalache.

         Cuando comenzó la guerra el general Oglethorpe, sabiendo los apuros defensivos y de organización de San Agustín, decide lanzar un ataque contra los españoles en Florida antes de que pudieran organizarse. Consultó con la Asamble General de Carolina para buscarse apoyos y organizó su fuerza en base a 600 soldados regulares del 42º regimiento de infantería, 400 colonos y 1.200 indios alachuas. El comandante del apostadero de Carolina del Sur, el comodoro Vincent Pearce, debía acudir con su flotilla a San Agustín para evitar que llegaran refuerzos españoles por mar (49). Las operaciones debían de haber comenzado en enero de 1740, pero hasta el mes de abril no estuvo lista la flotilla de Pierce, siendo enviada la fragata Squirrel a San Agustín. Se encontró con seis pequeñas embarcaciones, las cuales aprovechando las calmas y los vientos flojos introducían géneros en la plaza, sin que la fragata pudiera hacer nada por evitarlo. A primeros de mayo llegó la goleta Wolf para apoyar a la fragata, la cual consigue capturar una balandra del presidio de San Agustín armada con ocho cañones y cargada con seis mil pesos el 9 de mayo. Durante este mes llegaron la fragata Hector y la goleta Spence, mientras que la fragata Flamborough, insignia de Pierce, apoyaba desde el mar la marcha del ejército hacia el sur.

         Durante el avance británico cayeron varios fuertes defendidos por pequeños destacamentos. Uno de ellos, el Mose (50), situado a tres kilómetros al norte de San Agustín, estaba defendido por 100 reclutas negros, la mayoría esclavos huidos de las plantaciones británicas. Algunos escaparon y dieron la alarma en San Agustín, donde el gobernador de Florida, don Manuel de Montiano, preparó la defensa basándose en la fortaleza de San Marcos, contando para su defensa con sólo mil hombres. Mientras tanto, en la plaza de San Agustín, la flotilla británica preparó el asalto a la isla de Anastasia, ocupada por 200 soldados y marineros apoyados por las goletas Wolf y Spence.

         Enterado Montiano de la toma del fuerte Mose, acudió con sus tropas, 170 soldados, 80 negros e indios y 20 caballos, y en la noche  del 26 de junio de 1740 recuperó el fuerte, defendido por sólo cien soldados británicos. En el ataque fallecieron tres capitanes y tres subtenientes británicos, y el coronel John Palmer, que en 1727 había supervisado el ataque británico a San Agustín. Las pérdidas españolas fueron de diez muertos y veinte heridos (51) Con este duro golpe para la moral de Oglethorpe y sus hombres, se mantuvieron en lo sucesivo bombardeando la plaza desde la isla ocupada, manteniendo un bloqueo por may y tierra, a la espera de rendirla por el hambre.  Durante más de un mes que duro el sitio, las tropas españolas recibieron refuerzos continuos, siendo la flotilla británica incapaz de cortar esos suministros. Oglethorpe tuvo entonces noticias de la llegada de una flotilla española desde La Habana. Ante la imposibilidad de ocupar San Agustín, decide replegarse a Georgia para preparar la defensa ante el posible contraataque español. El 20 de julio los británicos realizaron el último disparo contra San Agustín.

         A partir de entonces comenzó la ofensiva española. Los corsarios españoles comenzaron a intensificar sus actividades en la costa norteamericana, atacando varios puertos de las Trece Colonias, capturando y destruyendo muchos buques. Estos ataques no parecieron suficientes, y el gobernador de Cuba organizó una expedición desde La Habana con embarcaciones que pudo alistar de particulares, de la Armada de Barlovento y de la Compañía Guipuzcoana. Con esta fuerza de unas treinta embarcaciones (52) se acudió en mayo de 1742 a la defensa de San Agustín, que de nuevo había sido atacada por los británicos. El gobernador Montiano toma la iniciativa y ocupa la isla de San Simón, apoderándose del fuerte Frederika. A partir de entonces comenzaron varios combates en donde ninguno de los dos contendientes obtenía una victoria clara. Así estuvieron hasta la llegada de la paz en 1748, cuando la cuestión de las fronteras volvió al punto en que estaban en 1739.

         La guerra cambia de rumbo con la muerte del rey austriaco Carlos VI sin descendencia. Gran Bretaña se puso a favor de su hija María Teresa, mientras España, Francia y otras naciones pretendían mediante derechos de sangre parte del Imperio, pasando la guerra a ser europea, mientras América sería un escenario secundario. Hasta el final de la guerra en 1748 no hubo campañas importantes en el Caribe. Los británicos, aunque seguían siendo los dueños del mar, no realizaron operaciones de envergadura, si exceptuamos las continuas patrullas para controlar el comercio y, sobre todo, a los corsarios españoles que hasta el final de la guerra continuaron capturando mercantes británicos. Acabada ya la guerra, tuvo lugar el combate de La Habana, entre las escuadras de Knowles y Reggio, sin ninguna consecuencia real para ambos bandos.


(1).- El 13 de julio de 1713 fue ratificado el Tratado de Utrech por España y Gran Bretaña. Gran Bretaña solicitó la concesión del “Asiento de Negros” por diez años, obteniendo el monopolio de esclavos. En los preliminares, Felipe V envió poderes a su abuelo Luis XIV para firmarlos. Sin consultar con su nieto concedió a Gran Bretaña treinta años por los derechos de “asiento”. Además el rey francés firmó un tratado secreto con la reina Ana en el que figuraba esta concesión y otros beneficios perjudiciales para España.
(2).- Muchos autores todavía pasan de puntillas sobre la derrota británica. Las líneas escritas por Henry Kamen no tienen desperdicio: “…en enero de 1741, Vernon reunió en Port Royal lo que algunos llamaron la más formidable armada que se vio en el Caribe. Esta flota totalizaba treinta buques de guerra y cien transportes con más de once mil soldados. La flota puso sitio a Cartagena en la primavera de 1741, pero se retiró ante el temor de que llegasen refuerzos para socorrer la ciudad”. Henry Kamen, “Imperio”, Madrid, 2003, página 543. Sus palabras deberían sonrojar a cualquier historiador decente y serio. Habría que recordarle al Sr. Kamen que ningún historiador o cronista, incluso contemporáneos a Vernon, estarían de acuerdo con él, llegando a admitir que la retirada fue por las muchas bajas a causa de las enfermedades y el mal entendimiento con el inepto del general Wenworth, aunque no mencionen la defensa española ni pronuncien la palabra derrota. Respecto a la flota de Vernon, siempre según fuentes británicas, contaba con no menos de 50 buques de guerra divididos en tres divisiones (29 navíos, 6 fragatas, 9 brulotes y bombardas, 1 bergantín, 3 balandras, 2 tender en total)  y los transportes de tropas y mercantes pasaban de 150, sin contar los buques que se añadieron a la escuadra durante el tiempo que duró el asedio a Cartagena, aumentando el número de navíos de línea un total de 36, sin contar el resto de buques.  Las tropas enviadas en la escuadra pasaban de 9.000 hombres de infantería llegados de la metrópoli, que unidos a tropas de las colonias norteamericanas, de Jamaica y a los hombres de la escuadra, llegaban a 23.600. A esta escuadra habría que añadir la enviada al Pacífico al mando de Anson. Según este mismo autor Kamen los británicos sólo pretendían humillar a España, puesto que ganaban más con el imperio español que apoderándose de él. Entonces ¿para qué semejante escuadra?. Los números encajan mal con esta falaz e interesada teoría.

(3).- Todavía nos quieren hacer creer algunos escritores que el comienzo de la guerra por parte de Gran Bretaña fue por motivos altruistas, que tenían la obligación moral de ayudar a la población nativa, masacrada por millones y esclavizada en pleno siglo XVIII. También por motivos de defensa de sus comerciantes, que sólo trataban de comerciar honestamente, siendo injustamente capturados y tratados salvajemente por los guardacostas españoles. Aunque hubo casos reales que apuntan en esta dirección, la exageración británica fue sólo una excusa para conseguir sus propósitos.

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